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Lunes 12 de Septiembre de 2011

Al final, Chorizo

Juan era un choripanero pintoresco y simpático de Dorrego. Y mientras preparaba los choricitos a los vecinos les sacaba información...  para luego robarles.

Enrique Pfaab
epfaab@diariouno.net.ar


“¡A los choriiii….!”, gritaba con voz destemplada, en medio de la humazón y el chisporroteo. Era un tipo pintoresco. Bigote y patillas abundantes, sombrero de ala ancha y desprolijo en el vestir. Habrá tenido unos 50 años, quizá unos menos o talvez unos pocos más. Era alegre, bromeaba con todo el mundo y caía bien por naturaleza.

Había aparecido de la nada una mañana. Instaló su puesto de choripanes en la esquina de Adolfo Calle y Dean Funes, en Dorrego, ante la mirada asombrada de algún vecino que no atinó ni siquiera a preguntarle si tenía algún permiso para hacerlo.

Decía llamarse “Juan” y nadie supo jamás de dónde venía. Poco tiempo antes había ocupado una destartalada casita metida en un amplio lote cercano. El propietario había partido hacía muchos años hacia Estados Unidos, buscando mejor destino.

Así, con su pinta de Malevo Ferreyra y su risa fácil, el fulano y su puesto de choripanes se incorporaron rápidamente al paisaje de esa gran manzana limitada por las arterias antes mentadas y la avenida Las Cañas y Juan Gualberto Godoy.

Llegaba como a las 11, empujando su parrilla con rueditas, y empezaba a ahumar el barrio. Las vecinas más cercanas empezaban a despotricar al poco rato, porque el hollín amenazaba con pegarse a sus sábanas blancas recién colgadas en la soga o porque se colaba dentro de la casa por las ventanas que habían abierto un rato antes para ventilar.

El puesto, como la mayoría del rubro, era conservado bien mugriento por su dueño y no hubiera superado la más mínima inspección. Sin embargo, estas “pequeñas” incomodidades y falencias eran compensadas por el sabor incomparable de esas delicias criollas que preparaba Juan y su contagioso buen humor. Además, nadie se animaba a ponerle obstáculos a un hombre que sólo parecía querer ganarse honradamente el sustento diario.

Juan comenzó a tener cierto trato amistoso con la mayoría del vecindario y terminó conociendo, por añadidura, las pequeñas vicisitudes cotidianas de cada familia, qué hacía cada uno de sus integrantes y cómo trascurrían sus vidas.

Fue un tiempo después, quizá cuando ya habían pasado unos dos meses de la llegada de Juan al barrio, que comenzaron a producirse algunos robos en la zona. Hasta ese momento, si bien el vecindario no era el Edén, era poco frecuente que se tuviera noticias de la ocurrencia de robos o hurtos.

Los primeros fueron tomados como casos aislados y circunstanciales, pero la continuidad y la sucesión de casos hizo que finalmente el barrio se pusiera el alerta.

Uno de los casos más llamativos fue el que le tocó vivir a una familia que vivía en la calle Godoy. El dueño de casa era comerciante y su mujer, maestra. Tenían dos hijas.

El hombre había creído que su casa estaba protegida, ya que tenía un buen sistema de alarma. Sin embargo, un martes al mediodía y cuando cada integrante de la familia estaba fuera del hogar cumpliendo con sus obligaciones cotidianas, alguien había entrado en la vivienda y, sin que se activara la estridente sirena, se habían llevado tranquilamente el televisor, la computadora, el equipo de música y el poco dinero que estaba guardado en uno de los cajones de la cómoda.

La alarma había fallado pero el seguro funcionó perfectamente y a los pocos días la familia repuso los faltantes. Pero, sumergidos en un estado que conjugaba la desesperación, la indignación y el temor, los dueños de la casa de la sirena muda vieron como la secuencia se repetía dos veces más.

Junto a estos infortunados vivía un abogado. El profesional, más previsor aún que su vecino, había colocado rejas, además de un sistema de alarma, y en esa casa los ladrones no se habían animado a entrar.

Sin embargo, cierta mañana, cuando el abogado se disponía a abrir la puerta de reja para partir y cumplir con los quehaceres cotidianos, se encontró con que la llave no entraba en la cerradura. Había un pequeño bollito de papel taponando el ojo. Alguien había logrado treparse e ingresar al patio delantero y, desde adentro, había bloqueado el orificio. ¿Cuál era el sentido de esta maniobra? Un razonamiento rápido le permitió al letrado deducir que el futuro ladrón quería confirmar si la casa tenía o no ocupantes cuando el regresara más tarde. Si el papelito estaba en el mismo sitio donde lo había puesto, los dueños de casa estaban dentro. Si el papelito había desaparecido, la casa estaba sin ocupantes y podía entrar sin mayor riesgo.

El abogado cambió los planes para ese día y se dedicó a hacer colocar en la parte superior de las rejas un alambre repleto de cuchillas filosas y amenazantes y logró que el planeado robo se frustrara.

A esta altura llovían las denuncias por robo en la comisaría de la zona y el personal de investigaciones trabajaba intensamente. Hasta que una mañana, apenas despuntado el día, un nutrido grupo de policías, con orden de allanamiento en mando, irrumpió en la precaria casa de Juan, el choripanero, y se lo llevó preso. El vecindario quedó perplejo.

Poco después se supo que el hombre había sacado provecho de la abundante información que tenía acerca de las costumbres de sus vecinos y que, después de convencer a un pequeño grupito de pibes ociosos de un barrio cercano, los había instruido de cómo y cuándo podían entrar a las casas. Juan se quedaba con una gran parte del botín y el resto lo repartía entre sus alumnos.

Uno de esos chicos era el hijo de la empleada doméstica del vecino robado tres veces. El pibe le había sacado información a su madre y la banda de Juan la aprovechó.

Nunca se supo más del hombre del sombrero de ala ancha. Quizá esté purgando alguna condena o tal vez simplemente haya buscado otro barrio donde cocinar sus choripanes.

Por cierto, atiéndame: ¿qué es ese olorcito sabroso que se está metiendo por su ventana?
 

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