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Sábado 21 de Noviembre de 2015

Así pretenden invadir Europa

El Califato de los Omeyas fue un imperio de 15 millones de kilómetros cuadrados que abarcaba desde el estrecho de Ormuz a Constantinopla; desde Pakistán al norte de África a España. Ese es el sueño que guía a los jefes de Daesh, en su afiebrada planificación estratégica.

Quien lo dijo fue Abu El Gendal Barkawi, uno de los portavoces de Daesh. En un comunicado lanzado el pasado 24 de agosto, prometió que «se lanzarán las armas de los otomanos y rodearán Roma después de la conquista de Libia y el sur de Italia y los que quieren conquistar Roma y Andalucía, tienen que empezar desde Libia». Se trataba de una mención indiscutible al periodo omeya.

El califato Omeya surgió con el fin de la guerra intestina que vivió el Islam luego de la muerte del profeta Mahoma en el año 632. De ese enfrentamiento surgiría la división entre los suníes que seguían a los califas bajo el amparo de la familia Mu´amiya y los chiitas, que reconocieron al yerno de Mahoma, Ali, como legítimo sucesor. La llegada al poder de los sunitas, marcó el inicio del periodo de esplendor y conquistas del califato.

Para el momento de la llegada de los omeyas, el Islam ocupaba una gran extensión desde más allá de las fronteras persas hasta la parte meridional de la costa norte de Libia. Desde su primer capital, Damasco, el califato lanzó una enérgica campaña militar que los llevó a hacer pie en Europa y expandirse hacia el Este, donde fueron frenados por los chinos en la batalla de Tala.

La semilla de la destrucción

La cruzada omeya se dirigió primero contra el imperio bizantino y sometieron a la ciudad bizantina de Constantinopla a un asedio que se inició en 669 y se prolongó hasta 677. Después, desde su base en Egipto, se dirigieron hacia el Oeste y quebraron la resistencia de los bereberes para hacerse con el control del norte de África. En 711, lograron entrar en Europa al ocupar casi toda la superficie de los actuales territorios de España y Portugal, donde fundaron la provincia de Al-Ándalus.

Fue la furia por expandir su imperio en donde el califato omeya encontró la semilla de su destrucción. Las diferentes tribus y etnias que convivían en su seno comenzaron a disputarse el poder y las riquezas que llegaban desde los territorios incorporados por la guerra.
Los omeyas decretaron que el poder era hereditario, en contra de los pedidos de otros grupos no árabes como bereberes y yemeníes que reclamaban la elección de los nuevos gobernantes por mérito y su condición de «buen musulmán».

Los chiitas persistían en su reclamo por la restitución del linaje de Mahoma y, por otra parte, los poderosos abasidas proclamaron su propio califato en el año 750 tras triunfar en la batalla de Gran Zab.

Estas disputas se tradujeron en defecciones y rebeliones internas que debilitaron el poder militar del califato. Y a ello se le sumó la sucesión de derrotas en las campañas de expansión. Las más importantes habían sido el fracaso del general Sulayman en el asedio contra Constantinopla y la pérdida de tropas en China.

La diplomacia de Saladino

Finalmente el imperio omeya terminó fragmentado en un conglomerado de grupos que durante los siglos siguientes se disputaron el poder con alianzas que los encontraban alternadamente en diferentes bandos. Incluso, en el momento en que llegaron las cruzadas, las luchas contra los cristianos eran precedidas por elaboradas negociaciones entre diferentes facciones para llegar a un acuerdo que les permitiera unir sus fuerzas. Es por eso que el legendario general Saladino es recordado no solo por su pericia militar, sino también por su refinado estilo diplomático para unir a los grupos musulmanes bajo su mando.

Con la implosión omeya, los suníes perdieron el control de uno de los imperios más grandes que existió en la humanidad. El Daesh pareciera haber despertado aquel recuerdo de los tiempos en que esa facción lideró al Islam a su periodo de máxima expansión. Se trata de una tradición en extremo importante para un grupo que no se contenta con lograr el control de un territorio en particular, sino que anuncia su deseo de expandirse hasta donde hoy habitan otras religiones.

Tampoco es un dato menor que el 87% de los musulmanes pertenezcan a la rama sunní. Y que esa mayoría sea tan representativa en países como Arabia Saudí, Pakistán, Afganistán, Yemen, Turquía, Egipto, Libia y otros estados de donde proviene el financiamiento de Daesh o de los voluntarios que nutren sus filas.

Es un error suponer a los líderes de Daesh como un grupo que solo piensa en cometer ejecuciones y lanzar suicidas contra sus enemigos. La elite del grupo islamista está formada tanto en la lectura del Corán como en los estudios históricos que le sirven para elaborar argumentos muy efectivos para captar nuevos adeptos. La mención de Barkawi al antiguo territorio del califato Omeya no fue un dicho al pasar. Fue un anuncio de sus desvelos históricos y estratégicos que los alientan.
Fuente: abc.es
 

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