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Lunes 17 de Octubre de 2011

Bailando con la difunta

Esta historia ha sido contada cientos de veces en el Este. Muchos la dan por cierta, otros dudan. Pero son pocos los que la niegan rotundamente.

Por Enrique Pfaab
epfaab@diariouno.net.ar

“¡Son puras habladurías! ¡Acá nunca pasó nada raro! Mire, por ahí, a la noche, se escucha un estruendo, los perros salen corriendo y si hay alguien que no está acostumbrado va a creer que es algún espíritu o algo así, pero seguro resulta ser sólo una lápida que se desprendió y se cayó”. Dicho esto el jefe de sepultureros dio media vuelta y se fue refunfuñando por el pasillo central del cementerio de Buen Orden.

El hombre debe ser uno de los pocos que desprecian de cuajo esta historia. En cambio, hay muchos que no dudan de ella o, al menos, la relatan como cierta. Según quien la cuente varían época, escenario y algunos pormenores, pero es fácil darse cuenta de que todas estas versiones tienen un mismo origen.

Posiblemente, haya ocurrido en la segunda mitad del ’70, incluso, puede haber sucedido a principios de los ’80. Fue una noche de marzo, un sábado. Carlos había decidido salir a bailar y con 21 años recién estrenados, su padre le prestaba el auto en esas ocasiones. Tenía un grupo de amigos, pero cada tanto prefería salir solo y aquella era una de esas noches.

Algunos dicen que fue al coqueto Aranjuez, de Orfila, otros aseguran que eligió El Ciervo, en el centro de San Martín. Hay también quienes afirman que fue al sindicato de la Alimentación, en Palmira, o al Club La Amistad. También puede haber optado por ir el club El Trébol, donde estaba asegurada una gran cantidad de jovencitas, la mayoría estudiantes del colegio San Vicente de Paul. Pero para el caso es lo mismo.

Lo cierto es que Carlos, al promediar la noche, divisó a una chica dueña de una belleza casi inocente, ataviada con un vestido un elegante y poco frecuente para sitios como ese.

 

 

El muchacho no tardó en lograr la atención de la joven y en que aceptara bailar con él. Congeniaron rápidamente. Carlos era educado, amable y sabía cómo conquistar. La chica parecía un tanto tímida, olía a jazmines y no contaba mucho de ella, pero festejaba las ocurrencias de su acompañante, se prendía en conversaciones mundanas y parecía disfrutar de su compañía. La muchacha no se cansaba de bailar y recién se sentaron cuando se dieron cuenta de que ya quedaban muy pocas personas en el lugar.

La joven dijo que se tenía que ir y Carlos se ofreció a llevarla en su auto. La chica aceptó. Cuando salieron sintieron el fresco de la madrugada. El muchacho se quitó el saco y se lo puso a ella sobre los hombros.

A esta altura, el joven ya había percibido que la velada podía arruinarse ante cualquier insinuación y decidió que conseguir una cita para el día siguiente era la mejor opción.

Viajaron hasta Alto Verde. Allí la muchacha señaló el portón de ingreso a una propiedad que parecía ser hogar de una familia de buen pasar. Carlos detuvo el auto y ambos bajaron. La joven quiso devolverle el saco pero el galán dijo que no, que lo pasaría a buscar al día siguiente y que eso le serviría de excusa para volver a verla. La bella aceptó, abrió el portón y lo cerró tras de sí.

A las cinco de la tarde Carlos regresó a buscar su saco y a reencontrase con la muchacha. Lo atendió una mujer. “Buenas tardes señora. Anoche yo estuve con su hija y le presté mi saco”, le dijo. La señora lo miró sorprendida. “¡No puede ser! Aquí vivimos sólo mi marido y yo”, explicó.

Carlos le explicó que allí mismo, apenas unas horas antes, había dejado a una chica muy elegante y que estaba seguro de que esa era la casa. La mujer lo invitó a pasar. Carlos ingresó a un living muy amplio y elegante, y vio sobre un aparador la foto enmarcada de su compañera de la noche anterior. “Es ella”, le dijo a la mujer.

La dueña de casa comenzó a temblar. Lo miró fijo con los ojos llenos de lágrimas y le dijo con voz entrecortada: “Esa es Lucía, mi hija. Murió hace 10 años en un accidente, el mismo día en que cumplía 15 años, cuando iba hacia su fiesta. Está en el cementerio de Buen Orden”.

Carlos se quedó paralizado. Se hizo un silencio absoluto, que al muchacho le pareció eterno. Finalmente, balbuceando, el joven sólo atinó a decir: “Discúlpeme, señora. Me debo haber equivocado”, y salió de la casa.

Los cinco días siguientes Carlos estuvo totalmente conmocionado. No sabía qué hacer ni qué creer. Finalmente, al sexto día decidió ir al cementerio. No tenía muchas esperanzas de encontrar nada que le devolviera la calma, ya que ni siquiera sabía a quién buscaba.

Después de caminar por varios pasillos pasó frente a un gran mausoleo. En la puerta, prolijamente colgado, estaba su saco.

En San Martín muchos cuentan esta historia. Quien escribe no ha podido comprobar su veracidad, pero tampoco que sea sólo una leyenda popular.

En definitiva usted es quien debe o no darle crédito. Por mi parte, debo concluir aquí. Por mi ventana entreabierta se está colando un dulce aroma a jazmines, mientras alguien llama suavemente a mi puerta.
 

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