Política
Domingo 04 de Septiembre de 2011

Cómo cambiar para poder crecer

Muchas son las promesas que el futuro augura para San Rafael, pero para hacerlas realidad sólo hay que animarse a plantearse nuevas preguntas. Por Martín Rostand

Desde que los libros de autoayuda empezaron a poblar las bateas de las librerías, muchos lectores conocieron el concepto que encierra el ideograma del idioma chino que corresponde a la palabra crisis.

Según los chinos, esta palabra tiene un doble significado ya que por un lado significa peligro, pero al mismo tiempo también el dibujo representa algo parecido a lo que nosotros llamamos oportunidad.

Es cierto que en nuestra semántica ese doble significado está más cerca de la palabra cambio, pero en ambos casos lo que se expone es uno de los rasgos más inveterados de la naturaleza humana: la resistencia a lo nuevo, a lo distinto.

Pero la verdad de la historia demuestra que para poder crecer es absolutamente imprescindible estar dispuesto a cambiar, a romper con la comodidad de lo conocido, aunque a veces no haya cosa más difícil de abordar que esa empresa.

Sólo habría que considerar otro concepto para completar la introducción de esta columna y es la necesidad de romper con los dogmas, como otro condimento necesario para animarse a evolucionar.

En este punto, los japoneses le dieron una lección cuando en la década del '60 inundaron el mundo con el célebre sellito que se estampaba en infinidad de productos, la mayoría de ellos verdaderas innovaciones tecnológicas, y que decía simplemente “Made in Japan”.

Es que los orientales destruyeron infinidad de dogmas y paradigmas preestablecidos, simplemente haciéndose una pregunta que nos vendría muy bien a nosotros hoy: ¿Qué pasaría si...?

Los relojes llegaron a sus manos como finos mecanismos de relojería que tenían un juego de números y agujas que permitían leer el tiempo.

Pero ellos se preguntaron ¿qué pasaría si los relojes no tuviesen agujas ni mecanismos? Buscando respuesta para ese interrogante el mundo se encontró con los relojes de cuarzo, que para colmo de paradojas responden a una patente registrada por un suizo que supo venderla a muy buen precio a los nuevos fabricantes.

Siguiendo con la línea de nuestra última editorial, en la que ponderábamos la importancia que la obra del trasvasamiento del río Grande al Atuel tiene para Mendoza y a propósito de lo que en las páginas de hoy dice Guarino Arias, nos viene muy a cuento la enseñanza de los japoneses y la metáfora del ideograma chino.

¿Qué pasaría en San Rafael si duplicáramos la superficie de tierras productivas bajo riego? Y si a la importancia de esta obra le agregáramos la concreción de alguno de los pasos internacionales que buscamos desde hace décadas, la verdad es que, como decíamos la semana pasada, se hace difícil no entusiasmarse con el futuro de nuestra tierra.

¿Cuánto podrían dejar en el flujo de la economía regional los miles de camiones que quedan varados a ambos lados de la cordillera cuando se cierra el túnel internacional si pudieran usar uno de los pasos que proyectamos en el Sur?, sólo por considerar el aspecto más básico e inmediato que la situación plantea.

En ánimo de romper con inercias de pensamiento y generar nuevos paradigmas, tal vez sería bueno preguntarnos si no existirá algún recurso jurídico que de la misma manera en que el recurso de la Cámara de Comercio nos puso a salvo de la promoción industrial pudiéramos exigir del gobierno que se le dé prioridad absoluta a la construcción de ambos proyectos, el trasvase y los pasos internacionales.

Porque la verdad es que haciendo un simple ejercicio de imaginación, y hasta de fantasía si se quiere, representarse los efectos que ambas cosas producirían en San Rafael y en todo el Sur mendocino hacen dificultosa la explicación que justifique por qué nos demoramos tanto en conseguirlo.

¿Cuál será la entidad que se anime a buscar el vericueto legal para cristalizar estas obras?

¿Quiénes serán los referentes que lideren las gestiones necesarias para conseguirlas?

Quizás en la búsqueda de esas respuestas encontremos el camino que alumbre nuestra prosperidad.

 

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