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Domingo 04 de Diciembre de 2011

Competitividad es la palabra

Las condiciones macroeconómicas actuales no favorecen la producción local. El Estado y el turismo nos salvan, pero la perspectiva pide cambios. Por Martín G. Rostand

Por Martín G. Rostand

La semana que acaba de terminar y la próxima marcan indiscutiblemente un tiempo en el que nuestra realidad establecerá un punto de inflexión. Cambia un gobierno en la provincia de Mendoza y junto con él se supone que muchas otras cosas también deberían cambiar, pero el punto es saber cuáles son las que necesitan modificaciones.

Los japoneses desde que comenzaron a crecer allá por la década del 60 necesitaron establecer parámetros de trabajo para poder abordar la vertiginosa velocidad en la que se producían los cambios que su propio crecimiento generaba. Entonces acuñaron una fórmula que se basó en tres palabras. Más bien, en tres verbos, porque lo de ellos era la acción. Comenzar, continuar y detenerse. Mientras una parte de sus equipos se abocaba a la tarea de desarrollar proyectos y producir, otro totalmente ajeno a esa tarea, monitoreaba la acción buscando cosas o partes del proceso que necesitaran cambios. Por eso los tres verbos, porque analizaban las cosas que no se estaban haciendo y que necesitaban comenzar a hacerse, cuáles las que se estaban haciendo bien y necesitaban mejorar y cuáles las que estaban equivocadas y cuya acción había que detener.

No sería malo que adoptáramos como propio aquel procedimiento de los orientales y lo aplicáramos al necesario balance que habría que hacer en cada recambio de gobierno. Porque más allá de lo que piensen nuestros actores políticos, también los orientales nos enseñaron que vivimos en el reino de la relatividad y por lo tanto es imposible que en esta dimensión tengamos algo absolutamente malo o bueno. Todo tiene algo de cada cosa y en ese sentido podríamos ahorrarnos muchísimo tiempo y esfuerzo si simplemente identificáramos lo que ha sido bien hecho por una gestión para mejorarlo, detuviéramos lo que esté errado y comenzáramos a hacer lo que nos falta cuando un nuevo gobierno asume, como nos pasa ahora.

Precisamente, sobre lo que nos falta hacer pondremos el foco en nuestra columna de hoy. La realidad sanrafaelina tiene una apariencia un poco ambigua tal como ya lo hemos expresado en esta columna y esa ambivalencia tiene un costado positivo y otro negativo. En algún aspecto nuestra realidad parece ser próspera, especialmente en estas últimas semanas del año, pero cuando se revisan los números aparecen datos preocupantes. Por eso estamos en un punto de inflexión, porque además de la coyuntura política, cae sobre nosotros también una circunstancia económica que atraviesa un trance incierto y determina que aquellas cosas que hagamos hoy marquen en qué dirección nos proyectaremos, y los horizontes son diversos.

De acuerdo a un informe con cifras oficiales al que pudimos acceder esta semana, el estado de la competitividad de los productos de la economía regional, considerando a las frutas en general y a la producción de hortalizas, en términos de costos medidos a moneda local nos tiene al mismo nivel de precios en dólares que a fines del 2000, cuando se producía la agonía de la convertibilidad. El atenuante para nuestra situación es que el endeudamiento del sector productivo, generado por la propia escasez de crédito y por algún stock de capital propio, existente como residual de los años buenos comprendidos entre el 2002 y el 2005 es un tercio de la época de la convertibilidad. Este último dato es alentador pero engañoso, pues la falta de rentabilidad hace que esas magras reservas terminen socavadas por el endeudamiento o se traduzcan en una baja de la productividad. Un ingrediente externo y que hace aparecer a la economía como pujante es el flujo de dinero que ingresa por el sector turístico. Anualmente quedan en San Rafael más de $450 millones, el equivalente a tres cosechas de ciruelas, que es el cultivo que se ha expandido con una edad promedio de más del 70% de la superficie implantada total que son 10.000 has que tienen entre 4 y 10 años, todo nuevo y en proceso de crecimiento de producción. Otro factor que disimula la caída en los términos de competitividad es el impacto del flujo proveniente de la ANSES que con todos sus planes, jubilaciones, pensiones, asignaciones universales y salarios familiares reporta en el año un volumen de 800 millones.

Los ingresos aportados por el Estado en la economía de San Rafael representan el 9,5% del Producto Bruto General de Mendoza y han crecido respecto al flujo aportado por la actividad privada, medido a precios y a nivel de actividad del 2005, en un nivel estimado en el 18%, lo que muestra una caída de la participación del sector privado y un aumento de la participación del sector público.

En San Rafael el Estado aporta un flujo cercano a los $2.000 millones anuales, mientras que este impacto en el 2000 era el 28% menor. El ingreso de inversiones directas productivas representa en nuestro departamento sólo el 5% de las que se manifestaron en toda la provincia en el período 2005-2011, todo un dato. En términos de inversión genuina y privada el gran Mendoza es un aspirador de los capitales que llegan a esta tierra y el Valle de Uco también nos lleva una considerable ventaja, con precios relativos 5 veces superiores a los nuestros, superándonos por más del 30%. Todo lo dicho permite interpretar que nuestra economía tiene una fuerte presencia de subsidios del sector público y que recibe un aporte de los mejores ingresos de otras regiones que llegan a través del turismo. Si a esto le sumamos que tenemos nuestro campo envejecido, no sólo en el aspecto poblacional, sino también en el aspecto tecnológico, la perspectiva no es muy alentadora.

Estos datos pueden ser buenos o malos, lo que vayamos a hacer con esa información es lo que importa. La Presidenta ha abierto el juego, ha reconocido la inflación como problema, ha plasmado el Plan Estratégico Alimentario como un ámbito de discusión para delinear líneas de acción y ese contexto se presenta como favorable para que allí actúen nuestras entidades intermedias. Cámara de Comercio, Sociedad Rural y toda la gama de asociaciones en actividad tienen en ello su campo de acción. Pero allí también hay un problema, porque esa representatividad está cada vez más menguada. Fuentes inconfesables del ministerio de economía de la provincia dicen que las entidades del Sur son de las más renuentes para incorporarse a las mesas de las discusiones del PEA y que los productores las miran con escepticismo. El desafío es adaptarse a las nuevas realidades y mejorar las condiciones de competitividad para nuestro sector productivo. Si no cambian a través de las variables macroeconómicas, las tendremos que hacer cambiar nosotros buscando mercados y condiciones más favorables para su expansión.
La otra alternativa es que se plasmen las grandes obras estratégicas como Paso Las Leñas, o el Trasvase del Grande al Atuel, que impulsarían con su inercia grandes cambios en nuestro perfil productivo. Pero si nada de eso ocurre, o esas obras se demoran más de lo conveniente, el futuro no nos muestra su mejor cara.

Aprovechando la energía que un nuevo gobierno trae a la provincia, deberíamos ganar tiempo y avanzar en estos temas.
 

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