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Domingo 25 de Septiembre de 2011

El arte editorial "cartonero"

Estos colectivos de trabajo se autogestionan para producir de forma artesanal desde libros hasta ferias. Involucran a distintos actores sociales. Conocé las editoriales mendocinas.

Miguel García Urbani
uno_mendoza@diariouno.net.ar


La necesidad de leer, escribir y publicar hizo salir hace un par de meses a un grupo de mujeres de Las Heras de sus cavilaciones diarias, mirar hacia el costado y comprobar que había otras como cada una de ellas dispuestas a trabajar en equipo con un fin colectivo.

En julio de 2011, digamos que por la siesta –para darle otra mano de pintura cuyana a este asunto tan lasherino– se formó la editorial Cieneguita Cartonera. Con cartones recogidos en gran parte por la Cooperativa de Recicladores Mendoza (Coreme), las chicas metieron las manos hasta el fondo de la tinta con mesas llenas de tijeras, agujas colchoneras, acuarelas y dos o tres mates para que la rueda no se quede corta.

Gabi, Rosi, Patricia, Raquel, Stella, Silvia, Nancy, Raquel, María, Fabiana, Lucy, Andrea y Adriana más alguna otra cieneguita editaron el primer libro. Fragmentos (con 500 ejemplares), discursos de Cristina Fernández analizados y comentados por el colectivo de chicas; luego vino Revoltijo, rondas, nanas y canciones infantiles, recopiladas por las madres de barrios de Las Heras; Introducción al milcayac. Idioma de los huarpes de Mendoza, 200 ejemplares cedidos por el autor, Arturo Roig.

En algo más de 60 días, el catálogo de las cartoneras fue creciendo con Derechos humanos. Vivir bien. Vivir como se quiere. Vivir sin humillaciones; Ay, Ofelia, de Eleonora Romero Fernández, y Zanta, una serie de humor gráfico del dibujante Bruno Santarone. También editaron cuentos del subcomandante Marcos y la última obra fue un poemario del chileno Víctor Jara que las chicas distribuyeron el 18 de setiembre en la plaza Independencia a los hermanos chilenos que festejaban el día de su independencia.


Eloísa, la primera

La cultura popular es la encargada de romper los moldes y de empujar los límites hacia horizontes más reales. La crisis de finales de los noventa y la palidez hambreada que nos mostró su rostro en 2001 y 2002 pusieron a los necesitados y las cosas necesarias en distintas veredas. Había que animarse a cruzar la gran avenida de la desconfianza para que la cultura y los bienes culturales se encontraran. Entonces las terribles condiciones del país provocaron que cualquier libro costara el equivalente a medio sueldo de los que tenían la suerte de tener trabajo; los desocupados, especialmente en la periferia de las grandes ciudades, marcharon con sus carritos de mano y sus caballitos flacos a juntar cartón. Al escritor Washington Cucurto y a otros desvelados se les ocurrió que la solución a las ganas de leer vendría no de los sobrantes de las grande editoriales, sino de esos personajes nocturnos que recogían cartón en las calles de La Boca y Constitución. La idea fue brillante, confeccionar libros con materiales reciclados, tapas de cartón, cada una diferente, trabajada a mano y pintada por los miembros del colectivo Eloísa Cartonera, que comenzó con los libros de Cucurto, Fabián Casas y César Aira. Un kilo de cartón, cinco pesos o un libro eran las tres puntas del triángulo de producción cultural que rápidamente empezó a multiplicar su catálogo.


Ser parte de la red

La experiencia de Cieneguita Cartonera se da en un contexto social completamente diferente al de Eloísa. “Tenemos esperanzas, decidimos empezar a hacer una divulgación que tuviera que ver con distintos colectivos”, cuenta Rosy Muñoz, una de las coordinadoras del proyecto editorial popular con mayor impulso en Mendoza, que incluso tuvo su espacio en la Feria del Libro del Cuyum 2011.

La pulsión de las sociedades lo demuestra: cuando buscamos novedades y climas de época en los lugares más aparentes de esta asoleada provincia, lo mejor siempre viene de los arrabales con calles de tierra. Mientras los grandes editores duermen la siesta, las mujeres de la Cieneguita nos cuentan una historia de esperanza y supervivencia.

El barrio donde nacen libros
La Cieneguita siempre fue un lugar misterioso y atractivo. No es parte de los circuitos turísticos menducos, está claro, pero desde allí surgieron buenas cosas de la cultura popular. Su paisaje de vereditas angostas y altas construcciones de adobes fue la locación donde Leonardo Favio filmó Romance del Aniceto y la Francisca.

En el mítico club del barrio se hacían los carnavales más arrabaleros de los ‘50 y los ‘60. En uno de esos bailes se conocieron un andalucito y la hija de un tano que formaron la familia del que escribe estas palabras. La Cieneguita era también el lugar donde los chicos no debían ir por la siesta porque en un pequeño bañado habitaban monstruos de la mitología lasherina que han superado hasta ahora todas las refutaciones cientistas. Allí, Víctor Jara sonríe desde la tapa de un libro femeninamente confeccionado. Las mujeres de este lugar unen con hilo sisal y comparten literatura que hasta no hace mucho se ocultaba de la mirada conservadora.

La “bibliodiversidad”
El movimiento de ediciones autogestivas en Mendoza es tan fuerte y diverso que en la última Feria del Libro lograron un espacio propio en la biblioteca San Martín para mostrar toda su propuesta con la FEA (Feria Editoriales Autogestivas).

Se editan libros, muchos, todo el tiempo, poesía en cocinas de barrio, ensayo en tallercitos, novelas bajo los parrales, más poesía de desconocidos, ilustres, vecinos, inconseguibles, universales, tiradas de 10 o de 500 libros. Ninguna editorial de la FEA se parece a otra, tienen puntos en común, pero orbitan en torno diversos intereses estéticos y políticos.

La característica principal es que no están únicamente dedicadas a editar, son colectivos artísticos en su mayoría que complementan las salida al mercado de sus libros con intervenciones.

Hay una fuerte militancia social que se hace ver y logra sus resultados. La Asamblea Popular por el Agua participa en el colectivo al igual que el Foro de Agrupaciones de Lesbianas, Gays, Travestis, Transexuales y Bisexuales (LGTTB) de Mendoza.

El antiguo espacio Indi-Gentes fue mutando hacia una propuesta más genuina y abierta, y se convirtió en la Feria del Libre, que al estilo de los momentos más revulsivos de los movimientos culturales publicó un manifiesto que circula de mano en mano y en el que dejan en claro, con buen tino, quitándose de encima el traje gastado de alternativos: “No somos alternativos. Nos inspiran motivos/ideas de posibilidades de lo real”.

Hablan de bibliodiversidad y reclaman que haya un representante de las autogestivas en el Consejo Editor de Ediciones Culturales de Mendoza y un aumento del presupuesto cultural de la provincia al 18porciento como mínimo.


Ni extras ni aditivo
La Feria del Libre no es un grupo de mansos aficionados a la literatura que prefieren quedarse a un costado mientras las decisiones se toman en los escritorios de los gestores de cultura oficiales. “No estamos al margen de un evento ideado sin nosotros –dice el manifiesto–, no somos el anexo, los extras ni el condimento aditivo de ninguna actividad cultural”.

Este movimiento de edición de literatura y de acción política tiene sus postulados filosóficos cuya fortaleza de concepto le da un peso y un sustento inusual a ese pedacito de papel con la ilustración de una perra que nos torea en las manos: “Si confiamos en el trabajo de una persona junto a otra persona, y a otra, y a otra persona puede hacer a través del amor, del amor limpio pero no ingenuo, feliz pero no adormecido. A su vez todo esto es más simple y también más divertido: si estamos hoy acá y pueden vernos, es porque nosotros quisimos”.

Lo escribo, lo edito y también lo vendo
Desde hace algunos años en Mendoza no es extraño que los escritores se acerquen a los lectores de manera directa y ofrezcan vender los libros que ellos mismos han escrito, confeccionado y editado.

Prima el concepto artesanal y no sólo están las denominadas editoriales cartoneras, que compran material de reciclaje para hacer las tapas y algunos detalles extras, sino que otras como Carbónico Ediciones, de Claudio Rosales –uno de los mejores catálogos vernáculos–, publica joyas de la poesía como Juan López (Arañas) o Darío Zangrandi (Su manera blanca de karateka forzudo) en libros con formato de sobre, envueltos por papel para cubrir paredes y con un sello que lleva el nombre del libro y el autor.

Una salida sencilla, de gran gusto estético y que permite a los autores ir renovando su stock de volúmenes según la cantidad que puedan financiar, desde pocas unidades hasta cientos.

Son más de una decena las editoriales agrupadas en la Feria de Editoriales Autogestivas o La Feria del Libre. Está el estupendo ejemplo de Sámaraedicionescaseras, que trabaja, según Agustina Randis, su gestora y fundadora en 2007, “con materiales reutilizados, reciclados e imaginación”.

Por Sámara salió el libro Mis diez haikus de A. Randis; Las cosas esenciales, de Juan Montaño, y Espacio del día, de Claudio Rosales.

La Araña Galponera no es propiamente una editorial. Es, como aclara su fundadora Florencia Breccia, “un colectivo artístico que nos juntamos con el propósito de intentar responder de manera colectiva algunas preguntas acerca de nuestro lugar”. Una de las cosas que hacen son libros, pero también intervenciones urbanas, encuentros, muestras y ferias.

Galponera hizo una primera tirada de 1.000 libros y luego ha seguido publicado a autores locales con diversa cantidad de ejemplares, siempre autogestionándose y convocando a otros colectivos para compartir el esfuerzo.

Ediciones del Carajo, Ediciones del Dock, El Ánfora Ediciones, Editorial Bocanegr(a), El Espejo y otras decenas de agrupaciones editoras que seguramente estamos malamente obviando le dan desde hace varios años el verdadero pulso cultural al mundo de la literatura en Mendoza.

 

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