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Domingo 13 de Noviembre de 2011

El gobernador, ese poligriyo...

Paco Pérez llega al poder con un imperativo: recuperar el respeto y la dignidad que ha ido perdiendo la cúpula del Ejecutivo mendocino.

Andrés Gabrielli

Francisco Pérez, el nuevo gobernador, es un hombre exultante y esperanzado. Su agenda está colmada, los minutos le resultan escasos, su corazón galopa.

Celso Jaque, el gobernador saliente, parpadea como una estrella próxima al ocaso. Sus movimientos son en cámara lenta, su figura se recorta entre bambalinas. Perdió toda sed de protagonismo.

Pérez está en el momento dorado de su vida política. Goza de un poder todavía virgen, intacto.

Jaque ha empezado a irse anticipadamente. Le ha dejado la cancha libre al gobernador entrante. No logra siquiera indignarse ante ingratitudes flagrantes, como la de los jueces.

Estas dos realidades humanas son los puntos extremos de un proceso, pero también una metáfora sombría de la realidad política mendocina, encarnada en la figura del gobernador.


La decadencia que no cesa

¿Qué conclusión puede sacar hoy Paco Pérez, en medio de su entusiasmo, mirando los hombros caídos de Celso Jaque?
Lo primero es advertir cuánto ha ido declinando, con los años, la prestancia del gobernador.

En un país que ha cambiado institucionalmente sin pausa desde 1983 hasta la fecha, la figura del mandatario de Mendoza se ha mantenido inmóvil. Ha envejecido. Se ha fosilizado.

Pasan, nuestros gobernadores, por el poder sin pena y, cada vez más, sin gloria.

Hasta hace poco tenían al menos una módica sobrevida: flotar un período en el Congreso. Ninguno brilló allí, pero le sirvió a cada uno para ensayar un aterrizaje suave.

Hoy ni siquiera queda ese premio consuelo. A Jaque no sólo le obturaron su candidatura a diputado, sino que, encima, tampoco le permitieron elegir la lista de aspirantes en ese casillero. Se decidió en Buenos Aires.

Pero no nos constriñamos sólo al presente mandatario. Veamos la realidad de los últimos cuatro.

Jaque dispone un destino único: está a la espera de algún nombramiento, medianamente gris, desde la Rosada.

Julio Cobos, tras el regalo envenenado de la vicepresidencia, que tenía como único objetivo infectar mortalmente al radicalismo, vuelve con una mano atrás y otra adelante a su antigua profesión de ingeniero y docente.

Roberto Iglesias, tras intentar denodadamente el regreso mediante las urnas dos veces, quedó en situación de retirarse a cuarteles de invierno.

Arturo Lafalla también hizo esfuerzos para prolongarse en la política. Hoy se concentra en su estudio de abogado.

No hay bronce para ellos, sino ostracismo.


El colibrí, contra los capangas
Paco Pérez, observando el panorama en redondo, caerá en la cuenta de otro detalle no menor: todos los capangas, dentro y fuera de la provincia, están atornillados a su silla. Todos, la Presidenta, los otros gobernadores, los intendentes, los legisladores, los jueces, los sindicalistas, hasta el jefe de la AFA. Todos menos él.

El gobernador de Mendoza es un ave de paso, un conductor con temprana fecha de vencimiento.

En el contexto provincial y nacional, es un poligriyo. O sea, un “pelagato, un hombre pobre y despreciable”, según el diccionario. Institucionalmente hablando, se entiende.

Eso las corporaciones lo saben. Y lo hacen valer.

Tómese en cuenta el ramillete de problemas que ha saltado en estos días y que Pérez tiene la suerte, por ahora, de observar desde la tribuna. Ahí están el renovado conflicto de la promoción industrial, el contragolpe de los jueces restituyendo al ex fiscal Camargo, la estrechez presupuestaria, los reclamos del sindicalismo estatal o las serias irregularidades que se investigan en Irrigación.

¿Con qué poderes se va a enfrentar él, que ha de ser, como sus antecesores, un colibrí?
Con caciques de poder extendido for ever, tanto en la Nación como en las provincias vecinas.

En la negociación salarial lo está esperando Raquel Blas, que ya vio pasar, desafiante, a otros gobernadores y que seguramente lo verá pasar también a él. Blas aprendió cómo doblarles el brazo a todos. En estos días, el ministro de Salud, Juan Carlos Behler, se quejaba amargamente de una realidad cruda. La cartera a su cargo, en 2005, gastaba el 62% de su presupuesto en sueldos. Hoy, hay meses en que ese porcentaje se eleva al 85%. Insostenible.

La conducción que está bajo la picota en Irrigación responde al asesor presidencial Juan Carlos Mazzón, el Chueco, otro incombustible. Ha visto pasar a incontables Pacos Pérez.

Y, entre tantos otros caporales que hacen sentir su presión, lo más alevoso ha sido el novísimo desafío de los jueces. Pocas horas después de que en Diputados se dispusiera, esta semana, que los magistrados deberán, de ahora en más, efectuar aportes a la OSEP (para financiar la Ley de Discapacidad), vino el contragolpe mortal: un tribunal de conjueces ordenó reponer al ex fiscal Alberto Camargo, quien había sido destituido tras comandar un allanamiento a la Legislatura en pleno conflicto entre los poderes Ejecutivo y Judicial por la indexación salarial.

Los dos conjueces que votaron a favor de Camargo eran, en su momento, jueces indexadores.

Ni más ni menos que un “fallo corporativo”, lo definió ayer el subsecretario de Justicia, Carlos Quiroga Nanclares. Y un mensaje apuntando a la frente del Paco Pérez a punto de asumir: “Ya ni siquiera el Jury de Enjuiciamiento nos puede detener –dicen–. Estamos por encima de todo y de todos”.

Histórico.


En busca de un caudillo
Aprovechando una tangencial amistad familiar, Paco Pérez, al completar la ronda de visitas a los intendentes radicales le confesó en la mayor confianza, en su casa, al paceño Gustavo Pinto: “Taca, yo no vengo por la gloria. Yo sólo quiero lograr, en el estilo, un mix entre Gabrielli y Cobos”.

Eso habla de una vocación trascendente, de un pensar en la historia pequeña de la provincia, pero historia al fin. Porque el estilo Rolo y el estilo Cleto aluden a personajes menducos hasta la raíz, de aire pachorra, afines al imaginario popular.

Puede ayudarlo a Paco a enfrentar esta Mendoza brava que lo aguarda, con una clase política resignada, sin fuerzas ni ganas ni alma, ya, para promover aunque sea una reforma constitucional que pudiera revertir este proceso corrosivo.

Pérez, quien se entusiasma con representar lo nuevo en el país, el recambio generacional, junto a figuras nacionales como Amado Boudou, Diego Bossio y José Manuel Abal Medina, cuenta con el carácter y el padrinazgo suficientes como para hacer el intento de frenar la decadencia.

“Mendoza necesita un caudillo democrático. Democrático, sí, pero caudillo al fin”, señala, pensando en la gravedad de esta hora, el intendente Alfredo Cornejo, próximo presidente del radicalismo mendocino.

La conclusión, alegórica, sería: hoy, en el país, el juego de poderes se asemeja a la época de Rosas, Facundo y los demás caudillos.

Se necesita alguien que nos vuelva a poner de pie. Que reponga la autoestima. Que suscite, dentro y fuera, respeto. ¿Un nuevo fraile Aldao?
Vale la pena preguntárselo, al menos.
 

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