País
Domingo 29 de Noviembre de 2015

El ingeniero que se alejó de su padre para fraguar como político y presidente

Rosana Villegas
villegas.rosana@diariouno.net.ar

Hay algo que Mauricio Macri no podrá eludir aunque quisiera: su herencia. De hecho, en la última estocada de campaña, y para diferenciarlo de Daniel Scioli, lo identificaron como “un creído de barrio Parque” que competía con un “trabajador de pueblo”. Y más allá de que ambas afirmaciones podrían ser ampliamente discutibles, algo es innegable: “El ingeniero” es hijo de uno de los empresarios más exitosos del país, a quien lo liga el antojo de la genética y una controvertida relación que le marcó la vida. Pero más allá de lo que pueda heredar es igualmente indiscutible que tanto su arribo al mundo del fútbol como al de la política se los ganó en elecciones. Así, elegido por más de la mitad de los argentinos será en 11 días el sucesor de Cristina Fernández de Kirchner.
Despegarse de la influyente figura paternal de Franco Macri, un hombre tan exigente como difícil de complacer, de quien el mismo Mauricio admite “en él conviven dos personas una que me ama y otra que me boicotea”, le llevó bastante tiempo, pero finalmente lo consiguió cuando el ahora presidente electo decidió incurrir en el mundo del fútbol y desembarcó en Boca. De hecho, su carrera política también cuajó lejos de ese padre, que alguna vez declaró: “Mauricio tiene la mente de un presidente, pero no el corazón”. Pese a esto, y lejos suyo, su hijo lo logró.
De un ataúd a referente de Boca
Quienes integran ese círculo rojo que lo rodea hablan a regañadientes de aquel secuestro extorsivo de agosto de 1991, en el que Macri fue asaltado y metido en un ataúd, y más tarde pasó 12 días atado y encerrado en un sótano, escuchando debatir a sus captores si lo liberaban o lo mataban. Sin embargo, ese entorno coincide en que esos tortuosos días cambiaron sus prioridades de vida.
“Con el tiempo llegué a estar convencido de que la libertad que recuperé después de mi secuestro fue mucho mayor que la que tenía. Quedé más libre que nunca para hacer cualquier cosa, hasta para pensar por primera vez que podría crear mi propio destino”, escribió en su página web.
Tanto lo liberó ese secuestro que después de generar cierta empatía con uno de sus secuestradores, al que llamó Mario, le terminó confesando que uno de sus sueños era ser el presidente de Boca.
Tras dejar la empresa Sevel, en 1995 ganó las elecciones en el club y comenzó a reformarlo. Le construyó palcos VIP que remató él mismo y creó un fondo de inversiones para comprar jugadores. Tan seguro estaba de que eso funcionaría que puso su patrimonio personal como aval.
Allí entre camisetas transpiradas, botines y copas conquistadas, consiguió esa popularidad que le había sido esquiva hasta ese momento. Tanto que mientras los argentinos recibíamos el siglo XXI coreando “que se vayan todos”, Mauricio era reelecto en el club y en el 2003 se reinventaba como político fundando Compromiso para el Cambio y más tarde Alianza Propuesta Republicana (PRO).
Convenciendo a un mendocino
Después de dos mandatos como jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cargos que ganó en sendos balotajes, este tiempista de la política creyó que ahora estaban dadas las condiciones para ir por la presidencia. Con la misma certeza supo que enfrentar solo al kirchnerismo sería un suicidio y comenzó a forjar un frente que le ayudara a sumar votos y le acercara el sillón de Rivadavia.
Lo primero era convencer al presidente del radicalismo nacional, el mendocino Ernesto Sanz. Con él y con Lilita Carrió convino armar UNEN, aunque cada espacio tendría su candidato presidencial y el ungido se definiría en las PASO. Otro acierto. En la convención radical, Sanz le ganó la pulseada a Julio Cobos, se quedó con la presidencia del partido y fue el candidato radical. Un rival que no sería un escollo para Macri. Como si todo estuviera pactado de antemano, las PASO confirmaron a Mauricio como el presidenciable de Cambiemos, y éste pareció devolver el favor anunciando que Sanz sería su ministro de Justicia.
A pocas horas de haber sido elegido presidente de los argentinos, logro que festejó como ya ha instalado con baile y globos; en su primera conferencia de prensa Macri anunciaba que Sanz era la primera baja de su gabinete porque había decidido dejar la política y por tanto su cargo “por razones personales”, una justificación que sonaba poco coherente atentos a todo lo que el mendocino había trabajado para que Cambiemos le arrebatara el poder al kirchnerismo.
“Un país no es una empresa”
Consciente de que más de medio país -ganó la presidencia con el 51% de los votos- lo ve y valora como un empresario exitoso, que podría encauzar el despilfarro estatal, en la primera entrevista que dio tras ser electo recordó eso que sus votantes querían escuchar: “Como conduje la Ciudad, Boca y mi vida privada, voy a conducir el gobierno”, remarcó para reforzar aquella idea de sus votantes.
El martes por la tarde tuvo su primera reunión a puertas cerradas con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En ella sólo se habría hablado de la ceremonia de traspaso de banda presidencial, acto que seguramente que atraerá todas las miradas.
Con su antecesora, Macri siempre tuvo una relación ambivalente. En algún momento se los vio más cercanos y sacándose fotos en Olivos y en otros con un trato estrictamente formal. Él la llama “señora”, pero alguna vez deslizó que Cristina tenía más riquezas que él y hasta jugueteó con la idea de pedirle permiso para que dejara debatir a Scioli, cuando éste se negaba a hacerlo.
Ella, a mediados del 2014, lo citó “para darle un listado de preocupaciones”, pero después a medida que Macri se perfilaba como presidenciable, esa cercanía se fue diluyendo.
Para distanciarse aún más, en la primera exposición pública de Cristina tras las elecciones, ella le recordó: “Un país no es una empresa. Hay necesidades que deben ser cubiertas. El balance de un país es por cuántos argentinos quedan adentro y cuántos quedan afuera”.
Su único compromiso
Con la reiteración que recomendaría todo publicista para instalar una idea, Macri recordó una y otra vez que se rodearía del mejor equipo para gobernar el país y que para eso no tenía otro compromiso que con los argentinos. También como para no dar lugar a fisuras partidarias, aseguró “van a estar los mejores cuadros radicales y gente que no ha estado en política. Gente capaz que responda a nuestras metas y objetivos, esto no es una cuestión de amiguismos o repartijas”. Desde su entorno mendocino se animaron a adelantar que el equipo sería federal.
El día “D” para corroborar ese adelanto de gobierno fue el miércoles, cuando se conoció el gabinete. En un rápido análisis podría decirse que en parte cumplió con lo dicho, aunque de los 25 funcionarios confirmados, solo 5 son radicales y en total son 5 los provincianos, entre ellos resalta el mendocino Francisco Cabrera, que comandará la cartera de Producción. Sin embargo, sorprendió ubicando a una remozada Patricia Bullrich en el ministerio de Seguridad y al controversial rabino Sergio Bergman en Medio Ambiente.
Pero lo que más ruido hizo puertas adentro y fuera del PRO, y se leyó como un gesto es que el actual ministro de Ciencia y Tecnología kirchnerista, Lino Barañao, continúe en su puesto, “porque es una de las políticas más exitosas de Cristina”, explicaron.
Más allá de los nombres, a partir del 10 de diciembre Mauricio Macri, este ingeniero de 56 años, padre de cuatro hijos, que todas las semanas hace terapia, tendrá ante sí la chance de cumplir con algo que gran parte del electorado le reclamó durante la campaña: ser implacable con la corrupción.
“Ante una denuncia contra un funcionario mío, en la medida que yo compruebe que hay cierta veracidad, voy a apartarlo del cargo y voy a colaborar con la Justicia. Le pido a la Justicia que no haya impunidad sobre todo con mis funcionarios, que se ocupe de la historia, pero que se ocupe también de mis funcionarios”, aseguró. Está todo grabado.

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