País
Martes 07 de Julio de 2015

El papa Francisco grabó un emotivo mensaje para un joven que padece leucemia

El Papa Francisco, en el avión que lo trasladaba a Ecuador, habló con la periodista rosarina Inés San Martín y le envió un mensaje alentador a Lichu Zeno, un joven rosarino que padece leucemia.
Lichu se encuentra internado, esperando el trasplante de médula. Su caso tomó conocimiento público cuando este joven de 25 años, estudiante de medicina y rugbier, ex alumnos del colegio San Patricio, se lanzó a una amplia campaña de concientización sobre la donación de sangre e inscripción para médula ósea. Su vida tomó un giro inesperado y este rosarino asumió el reto de volcarse con pasión a la solidaridad.
Parado en el pasillo del avión, el pontífice dedicó emotivas palabras al joven que fueron grabadas en un video que ya está publicado en Facebook.
"Lichu, me contaron de tu enfermedad, rezo por vos, pido a Jesús que te acompañe, que te de fuerzas, que te devuelva la salud. Vos dejate conducir por la mano de Dios, que la Virgen te proteja mucho. Y te pido que reces por mi. Te bendigo de todo corazón", dice el Papa a la cámara con una sonrisa y la señal de la cruz. 
La leucemia
El día que le informaron que tenía leucemia, lo primero que hizo Lisandro fue preguntar qué posibilidades tenía de curarse. El médico le dijo que dependía de dos cosas: de la
 respuesta de su organismo al tratamiento con quimioterapia, y también de su actitud.
—Si te deprimís no ayudarías. Tenés que pelearla—, lo estimuló.
Lisandro no se deprimió. Cuenta que en ese mismo momento decidió que saldría adelante y afirma que eso lo salvó. Eso y el cariño que recibió de sus padres, sus hermanos, su novia, sus amigos. “Y hasta de mis rivales en el rugby”, afirma agradecido. Pero la historia recién comenzaba. O quizás sería mejor hablar de las historias: la de su tratamiento médico y la de su actitud frente a la enfermedad, que es la más bella.
El 4 de noviembre lo internaron en el Sanatorio Británico y ese mismo día comenzó el primer tratamiento de quimioterapia. Tres días después, una tarde en la que se sentía muy mal por las náuseas y los vómitos, le pidió a la hermana, que lo estaba cuidando, que lo despertara a las seis de la tarde. Ella le hizo trampa y lo despertó quince minutos antes. Lisandro, aun débil, tuvo energías para reprochárselo, pero la “hermanita” lo miró con dulzura y le pidió que se asomara a la ventana. Lo que vio quedará en su memoria por el resto de su vida. “En la calle estaban mis amigos y mis viejos. Varios se habían rapado la cabeza. Tenían un gran cartel que decía: «No pasa nada, maestro». Ahí me dije que no les podía fallar y que debía recuperarme”. Para él, esa demostración de afecto y apoyo, como otras muchas que vinieron después, y que seis meses más tarde sigue recibiendo, resultaron decisivas para su recuperación.
Mientras pasaba días en el sanatorio, comenzaba a pensar en transformar su experiencia en algo positivo. El 18 de diciembre se armó una movida en el Monumento a la Bandera con el objetivo de crear conciencia sobre la importancia de donar sangre y médula ósea. Entre los impulsores había un pequeño ejército de amigos de Lisandro, soldados de su causa, que otra vez se ocuparon de enviar un mensaje al amigo enfermo con una bandera. El trapo, claro, tenía una leyenda que a esas alturas ya comenzaba a distinguir la causa de Lisandro y sus amigos. “No pasa nada, maestro”, decía. Era el mensaje que le enviaban los suyos. “No pasa nada, maestro”, se repetía él a sí mismo.
Pasó la Navidad y el Año Nuevo internado. Sofía canceló su viaje de vacaciones con amigas para cuidarlo. Mientras estuvo en el Británico recibió decenas de muestras de cariño: de los antiguos compañeros del colegio San Patricio, del Jockey Club, de la facultad. También de jugadores de rugby de otros clubes (“de Provin, de Loga”). Muchos le escribían sus muestras de apoyo en las redes, otros hacían gestiones para regalarle pequeños momentos de alegría. Él recuerda cada uno de esos gestos. Vuelve a ser feliz, cuando lo cuenta, como el día en que Sebastián Abreu fue a visitarlo al sanatorio y se quedó hablando con él durante dos horas. O cuando habla del mensaje que le envió Angel Di María vía WhatsApp, un video que todavía guarda en su teléfono (“es increíble que Angelito se tomara un momento para mandarme eso a mí”). O de la noche en que el plantel de Rosario Central salió al Gigante de Arroyito para jugar un partido y desplegó una bandera que decía “Fuerza, Lichu”. Porque Lisandro es un canalla hecho y derecho, alguien que soñó con jugar en el equipo y que sólo cuando ya era un hombre se resignó a que eso nunca sucedería.
Cuando lo internaron por primera vez le pidió a la madre que le hiciera un calendario en cartulina. “Quiero tachar los días para ver cómo voy avanzando”, explicó cuando ella quiso saber para qué era. Allí fue contando la historia de su recuperación con palabras y dibujitos. Un día escribió “omelette-mamá” y eso le recuerda a la comida que le llevó su madre. Muchas veces dibujó un corazón: son los días en los que lo visitó Sofía. En otra ocasión puso: “Chau, Británico”. Ese día le habían dado el alta después de la segunda quimioterapia. El calendario, que está adherido a la puerta de su dormitorio, es casi un diario escrito en clave de sus internaciones y su tratamiento.
Lisandro piensa que lo guardará por el resto de su vida.
—Imagináte cuando tenga 60 años y lo lea— dice y estalla en una carcajada.
El 1º de marzo, cuando cumplió 25 años, su familia organizó una gran fiesta. Hubo muchos invitados (“como mil quinientos”), todos los que de alguna manera lo habían apoyado. Había gente del rugby, del colegio, de la facultad, del barrio. La familia de Lisandro se hizo cargo del costo de la fiesta y él decidió dar otro paso gigante en su intención de ayudar a otros, de convertir su enfermedad en una excusa para embarcar a su gente en una cruzada solidaria: instaló una urna e invitó a todos a depositar allí una cifra de dinero, la que quisieran o la que pudieran. Así recaudó 61 mil pesos. El dinero no era para él sino para un chico de 14 años, un rugbier del club Caranchos. Lisandro se había enterado poco tiempo antes de que ese chico, Maxi, padece un cáncer de huesos. Además del darle el dinero para costear los gastos de su tratamiento, hizo contactos en el Hospital Italiano de Buenos Aires para que Maxi fuera a tratarse allí, “uno de los mejores lugares de Latinoamérica para esa patología”. Había dado el primer paso. La idea de crear una fundación para ayudar había dado otro paso.
“Creo que todos somos solidarios, pero a veces no sabemos cómo expresarlo”, afirma Lisandro. Él quiere canalizar ese valor, que afirma encontrar en todas las personas que conoce. Para eso quiere crear la Fundación No Pasa Nada Maestro: para ayudar a gente que lo necesita, y también para darles una mano a quienes quieren ayudar y a veces no saben cómo hacerlo.
Dice que no termina de entender por qué su caso es digno de contarse y afirma que su secreto para ser positivo es más bien simple: “Tengo objetivos, proyectos y sueños, y tengo ganas de alcanzarlos”. También confiesa que no le sirve preguntarse por qué le pasó lo que le pasó, como haría cualquiera que estuviese en su lugar, con un diagnóstico de leucemia mieloide que entró como una amenaza en su vida, sino para qué. Y tiene la respuesta: para hacer todo lo que planea de ahora en adelante, sobre todo las campañas para la donación de médula ósea y sangre. “Ese es mi gran objetivo para esta vida: que el día que yo me vaya haya muchas personas más donando para salvar otras vidas”.
Su optimismo es difícil de mensurar, pero también es contagioso. Lo prueban los miles de mensajes que recibe de todas las maneras imaginables. Son personas que quieren hacerle llegar su cariño y sus buenos deseos, pero también que quieren ayudar después de haber escuchado su mensaje y de haber sido testigos de sus gestos solidarios. “Recibí tantas propuestas que tuve que agendarlas, desde chicas que querían hacer pelucas oncológicas hasta una artista que ofreció vender una de sus obras para recaudar dinero”, cuenta. Y remata: “¿Cómo voy a deprimirme ante todo eso? Ahora no paro más y por eso digo que agradezco haber pasado por la leucemia”.
En su cabeza sólo hay planes. Para estudiar, para armar campañas por la donación de médula ósea (“Es una pavada, ni te das cuenta y podés salvar una vida”), para pasar muchas horas con Sofía, para devolver algo de todo el cariño que recibió de tanta gente, para jugar al rugby. “Este año quiero salir campeón”, se entusiasma. Aunque perdió 12 kilos desde que recibió el diagnóstico, ya casi los recuperó y en estos días volverá a ponerse los cortos. “Quiero volver a los entrenamientos cuanto antes, si es posible esta misma semana”, cuenta. Lo motiva especialmente el hecho de que este año jugará con su primo, que subió al primer equipo. Sabe que en su primer partido, el del regreso, será difícil no emocionarse y presiente que ese día volverá a ver una bandera. También intuye lo que leerá allí: “No pasa nada, maestro”.
 
 

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