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Lunes 21 de Noviembre de 2011

El paquete que viajó 9 años

El protagonista de esta historia es el mismo periodista que firma la nota. La publicó por Facebook y le llovieron comentarios que lo alentaron a escribir esta crónica.

Enrique Pfaab
epfaab@diariouno.net.ar

Los carteros ya no entregan cartas. Apenas reparten facturas y otras ingratitudes. Para colmo, ya no tienen bigotes ni visten de gris ni calzan honorables gorras con visera ni tampoco llevan cruzadas sobre sus hombros esas gordísimas alforjas de cuero. No recuerdan quién vive en cada casa, quién espera con impaciencia ni quien se ha muerto o se mudó. Para colmo, las estampillas han desaparecido. Fueron remplazadas impúdicamente por impersonales adhesivos con códigos de barra que suplantan las imágenes de gestas heroicas, de héroes y de paisajes. Ya nada es igual. Pero, pese a este cruel presente, todavía alguno de los chasquis modernos cumple, cada tanto, con la noble misión de entregar misteriosas y mágicas encomiendas.

Sin ir más lejos, días atrás, uno de estos mensajeros golpeó la puerta de un hogar jarillero. Entregó allí un paquete envuelto en papel madera, del tamaño y forma de una caja de camisas, si es que las camisas todavía se venden en caja. Hizo firmar el registro y se fue, ignorando que la encomienda había concluido así con un viaje de nueve años.

El remitente era un tal Francisco José, nombre que su padre le había dado en honor al emperador de Austria, desde donde había emigrado a la Argentina. “Franz”, como le decía su familia, nació en el partido bonaerense de Martínez en 1931 y aprendió el alemán antes que el castellano, lo que hizo que su lenguaje castizo fuera siempre enrevesado. Cuando cumplió 19 años agarró sus cosas y partió de mochilero hacia el Sur, algo que le permitió a su madre calificarlo definitivamente de rebelde y de un poco loco.

Recaló en la Patagonia, en la región de los lagos. Su padre le había legado el oficio de jardinero y con él se ganó el sustento. Regresó un par de veces a Buenos Aires y allí conoció a Mercedes, su esposa, quien trabajaba en una florería de la calle Esmeralda.

En el ’62 ya estaba afincado definitivamente en el Sur. Tuvo dos hijos, con intervalo de 5 años. Cuando el segundo apenas había cumplido 8 meses, Mercedes murió por una infección generalizada en la sangre. Franz, que ya había cultivado un carácter complejo, se volvió definitivamente osco y malhumorado. Mezclaba insultos alemanes y castellanos con demasiada frecuencia, y su porte de casi 2 metros, sus zapatos 48 y su traza desprolija hacían que algunos le temieran y otros le escaparan.

No se volvió a casar. Crió a sus hijos solo y como pudo. El mayor se fue rápido de la casa, en plena adolescencia. El menor luchó denodadamente por adaptarse un poco mejor a las exigencias paternas, pero también partió joven. Franz se quedó solo, en medio de sus árboles y de sus plantas. Cierto día decidió que era tiempo de regresar a su lugar de nacimiento. Juntó las pocas cosas que tenía y partió.

Puso en el banco la plata que obtuvo de la venta de su terreno del Sur. Así lo agarró el corralito en el 2001. En noviembre de 2002, cuando ya su hijo mayor le había dado una nieta y seguía viviendo muy lejos de él, decidió que era tiempo de presentarse como abuelo.

Descubrió entre sus recuerdos un adorno navideño que el mismo había hecho de niño: unos muñequitos de madera calada, con flores, honguitos y portavelas, pintados y con alguna inscripción en alemán.

Decidió enviárselo a su nieta y, por añadidura, a su hijo y a su nuera. Escribió una notita en el reverso de una hoja usada: “Aquí les mando algo que había hecho yo en la escuela primaria. Había quedado y, por eso, hay algo que arreglar. Enrique se dará maña. Espero les guste, otra cosa no les puedo mandar. Enrique: Si me llamás por teléfono, a la cuarta llamada colgá, ya que si no te atiendo es que no estoy. Espero que tengas bien anotado el número. Besos a todos. Papá / Abuelo”.

Envolvió todo y, desconfiado de los servicios postales tradicionales, esperó encontrar a alguien que viajara hacia el lugar donde vivía su hijo.

Una mujer fue la encargada de llevar la encomienda. Quiso el destino que esta buena amiga no lograra ubicar al hijo de Franz y que éste , desconociendo la intención de su padre, decidiera meses después cambiar rotundamente de domicilio y trocar la Patagonia por el Este mendocino.

Pese a esto, la encargada del envío decidió guardar la encomienda. Pasó el tiempo. Hasta que un día, siguiendo una compleja cadena de contactos, la buena señora ubicó la nueva dirección cuyana del destinatario y remitió por correo tradicional la bendita encomienda.

El paquete llegó hace unos días, a nueve años de haber sido enviado y a tres de la muerte de Franz, su remitente.

Esta crónica termina aquí. Quien escribe debe realizar ahora dos o tres actividades urgentes. La primera es comprobar si realmente se da maña para arreglar el adorno. La segunda es hacer un llamado telefónico. Y la tercera, si el teléfono suena una cuarta vez, será aprender a decir adiós.

 

 

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Franz. Un regalo, una carta. El tiempo, y muchos recuerdos.

 

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