En debate esp
Lunes 24 de Octubre de 2011

El PJ, una máquina imparable

Sucedió lo que debía suceder. Lo ineluctable. No había manera de parar la gran ola, el tsunami de Cristina.

Y menos si el intento se hacía desde una posición individual, como hizo Roberto Iglesias, el hombre que cortó todos los puentes hasta convertirse en el cazador solitario.

El principal acierto del peronismo fue haberse presentado como una fuerza integrada, compacta y homogénea, de punta a cabo.

Si uno lo piensa en términos de oferta electoral, bajo el formato de la lista sábana, el combo resultaba imbatible: por arriba Cristina Fernández, con una popularidad arrolladora, batiendo porcentajes históricos para un postulante presidencial; por abajo, un número extenso de intendentes dominantes con parecida intención de voto. Y en medio de esa plenitud sellada, cual corredor de malla líder al que abriga el pelotón, Paco Pérez bruñendo, con puntillosa dedicación, el preciado tesoro de su legado K.

Sí, Paco Pérez fue puntilloso en toda su campaña electoral desde el momento mismo en que le ganó la pulseada a Alejandro Cazabán para convertirse en el candidato a gobernador.

Se mostró moderado, humilde, positivo a cada momento, conservador en su molde, casi susurrante.

Ese no es el Paco Pérez real, alguien explosivo, volcánico, que suele sulfurarse y salirse de quicio con llamativa facilidad.

Quiso esconder esa parte de su personalidad. El pelotón que lo acorazaba resultó fundamental para dicho cometido.

Se quedó solo y en espera
Roberto Iglesias, último mohicano de la causa radical en el país, enfrentó dos problemas graves a la hora de pararse frente al aluvión.

El primero y principal fue haber cortado la mayoría de los lazos con sus potenciales aliados. No pudo, no supo o no estaba en su naturaleza cerrar acuerdos con las ofertas presidenciales de Binner, de Rodríguez Saá y de Duhalde y sus respectivos socios locales. No logró el amor irrestricto de sus dos intendentes más fuertes, el capitalino Víctor Fayad y el godoicruceño Alfredo Cornejo, que se sintieron liberados para hacer su propio juego. No convocó, tampoco, a la sangre joven de su partido. Su equipo lo integraban veteranos luchadores, tan antiguos y transitados como su vice, Juan Carlos Jaliff, y su experto en seguridad Leopoldo Orquín, viniendo, él mismo, en tercera ronda de candidatura. Negarse sistemáticamente a la renovación es uno de los grandes dramas del radicalismo.

La venganza de la Ranita Ping
Iglesias quiso graficar su difícil desafío comparándose con Los Pumas antes de jugar con los All Blacks.

Se quedó corto. Porque su pack no lo integraban ocho forwards, sino él solo.

¿Cuál fue su táctica, entonces, para enfrentarse, desguarnecido, a la marea negra? Apuntarle al flanco más débil del enemigo, al único punto que vio realmente vulnerable: el gobernador Celso Jaque.

Su campaña, íntegramente, se centró en despegarse de Alfonsín y en castigar, sin pausa ni piedad, al actual gobernador, intentando que Paco Pérez se contaminara lo más posible con la impopularidad de Jaque.

¿Se podía sustentar una campaña sólo en el aspecto negativo?, nos preguntamos en su momento.

La estrategia, quedó visto, tenía poca validez. Porque Jaque es un eslabón más del peronismo, sólo eso, nada sustancial. Y porque a fin de cuentas tampoco es el monstruo de las siete cabezas como para absorber la negatividad del mundo en su figura.

Así pues, Celso Jaque, el desangelado, el malquerido, el mandatario más impopular de la historia reciente, el vituperado de punta a punta en la campaña, consiguió sobre el final de su mandato concretar el sueño de la Ranita Ping, ese personaje de extrema humildad con el que alguna vez se identificó.

Siendo ranita o patito feo hace cuatro años les ganó a los dos, a César Biffi y a Roberto Iglesias, ambos candidatos a gobernador. Y hoy, más patito feo que entonces, repitió la proeza: venció a Biffi como presidente partidario y a Iglesias como candidato recargado.

Es cierto que Jaque, frente a la historia que se irá escribiendo a partir de ahora, no será nunca un cisne. Permanecerá siempre en el casillero del patito o la ranita. Pero en diciembre les traspasará el poder a dos sus ministros, Paco Pérez y Carlos Ciurca, mientras que otro miembro conspicuo del gabinete, el director de Escuelas, Carlos López Puelles, desbancó a los demócratas en Luján.

Un cuento, después de tantos sinsabores, con final feliz.

Grandes desafíos por delante
Los contundentes triunfos del peronismo podrían llegar a marearlo.

¿Cuál es el riesgo mayor? La falta de oposición, de alguien con quien medirse y contrastarse. La Presidenta deberá buscar un sereno y sabio equilibrio ante la nada que la enfrenta. No cuenta con un espejo delante de sí, sino con un desierto.

En coyunturas como ésta el peronismo suele alumbrar la oposición dentro de sí. Es la amenaza de las luchas intestinas. Paco Pérez, el “joven talentoso” como lo definió anoche Cristina, afronta un desafío distinto.

La primera lección de la historia reciente es que no puede dilapidar la valiosísima etapa de la transición como hizo Jaque. Debe irse inmiscuyendo rápido en los pliegues del Gobierno, al que debe exigirle que le limpie el camino de asuntos irritantes.

Pérez necesita, como todos, de un veranito con la opinión pública, ese mismo que no tuvo Jaque y que lo condenó en imagen por toda la eternidad.

Otra lección, mirando hacia el norte, hacia Gioja, es que se puede ser fiel al proyecto nacional pero sin rendirse a sus pies. Una cosa es aparecer como socio de Cristina y otra es mover la cola como perrito faldero. Mendoza debe recobrar dignidad como provincia y liderazgo en Cuyo.

Sus buenas relaciones con el staff presidencial, empezando por su mentor, el director ejecutivo de la ANSES, Diego Bossio, deben ayudarlo a crecer como conductor en vez de enanizarse.

Pero el peronismo mendocino también necesita de una oposición que sea coherente, firme y con liderazgo. De lo contrario es imposible negociar y plantear políticas de Estado.

Quien mejor se recorta para esa función, por ahora, es Alfredo Cornejo, quien supo retener su municipio con autoridad.

Es buen intendente, tiene las riendas del partido en Mendoza y ha mostrado agallas de peleador. Si encuentra una manera de generar un círculo virtuoso con su correligionario de Capital, Víctor Fayad, y con los otros jefes comunales de su partido será una buena noticia para la provincia.

Pero Paco Pérez y Carlos Ciurca no reciben, como dijimos, una Mendoza pujante, con ímpetu de futuro. Está por debajo de sí misma.

Los grandes temas, la pulsión transformadora, están hoy apenas tibiamente esbozados en la agenda pública.

Tienen por delante la oportunidad de su vida.

Comentarios