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Domingo 04 de Diciembre de 2011

El viaje que esperaron 51 años

Parte de la promoción 1960 del colegio Maristas visitó Carlos Paz. En su momento, una tragedia impidió el clásico festejo de los egresados.

Cecilia Amadeo
camadeo@diariouno.net.ar

El frío cala en los huesos en la finca Armani de Vista Flores, en Tunuyán. Sólo el que ha pasado una tarde de invierno en el Valle de Uco sabe de qué se trata. En la parrilla aún arde un puñado de brasas, testigo privilegiado del asado compartido entre compañeros y amigos. El grupo, con la panza llena y el corazón contento, se disgrega: algunos juegan a las cartas, otros conversan animadamente, Luis López Álvarez toca el acordeón y Jorge Amoroso y Gabriel Azzoni, acompañados por otros dos, deciden ir a dar una vuelta en un pequeño bote en el lago que hay en la propiedad.

La tertulia no imaginó la tragedia. A poco de surcar las aguas, la precaria embarcación empieza a zozobrar. En el territorio de la desesperación, los brazos se agitan, los gritos se amontonan en las gargantas, pero, sin más, el bote se hunde.

“Me tiré al agua y nadé lo más que pude. A los 35 metros me quedé literalmente congelado. El agua estaba muy fría”, rememora Luis (68). Aquella tarde del 18 de junio de 1960 quedó grabada en su memoria y en la de todos los compañeros de 5º año del Colegio San José de los Hermanos Maristas. Otros más se zambulleron junto con él pero llegaron tarde. Jorge y Gabriel (hijo del pintor Roberto Azzoni) murieron ahogados.

“Nunca más se habló de eso. Como psiquiatra puedo hacer una interpretación. Eso nos marcó para siempre. Ese dolor quedó reprimido y fue tapado por el silencio”, explica hoy Raúl Rivarola (69). Es como si ese final trágico hubiese impedido uno feliz, celebrado, acorde a la situación: con cena y viaje de egresados.

Pero como la vida siempre da revancha, aquella muchachada, hoy profesional, casada, con hijos, con nietos y ya jubilada, cortó por lo sano. Cincuenta años después hicieron la postergada cena de egresados y hace dos semanas se fueron a Carlos Paz.


La organización

Luis vivía hasta abril último en Buenos Aires. Se mudó en el ’71 por razones laborales. Cinco años después se cruzó de casualidad con su compañero Miguel Vuotto, quien también había elegido la capital como lugar de residencia, en Aeroparque. En aquel encuentro Luis le entregó una tarjeta de su esposa, pues las suyas se le habían acabado. “Es un tipo muy ordenado. La guardó todos estos años y en el 2009 me llamó. Me dijo: ‘El año que viene, por el 2010, cumplimos 50 años de egresados. Tenemos que hacer algo”, relata.

Ahí comenzaron los preparativos, que desembocaron el año pasado en tres días de reencuentro, festejo y homenaje. El primer día se reunieron en un café a desayunar. Muchos no se habían vuelto a ver desde aquel fin de curso en 1960. A algunos les costó reconocerse, otros sintieron que la magia estaba intacta. Por la noche tuvieron su cena de egresados en el clásico restorán El Amasijo y al día siguiente, a desayunar de nuevo.

“Fue el café de las confesiones. Cada uno contó qué había sido de su vida, si tenía hijos, a qué se dedicó... Y salió el tema de Jorge y Gabriel”, dice Luis, a lo que Raúl –sin dejar de lado su mirada profesional– agrega: “Fue un encuentro de catarsis y duelo pendiente. Se reavivó el cariño, fue una manifestación insólita de afecto por los compañeros. Y desde ese amor pudimos hablar de Jorge y Gabriel”.

Ese mismo día, el Colegio abrió sus puertas una vez más para ellos. Compartieron una clase alegórica con el hermano Vicente (85), quien fuera su profesor de Física en 4º año, y por la noche otra cena más, donde las autoridades escolares les entregaron unas medallas a modo de reconocimiento.

Los muchachos estaban felices. Ya habían tenido su cena. Ahora sólo les faltaba el viaje.


A Carlos Paz

Otra vez a organizar. Esta vez hicieron un fondo común para juntar dinero, no tanto por necesidad, sino para mantener viva la llama del compromiso. Y tuvo su precio. Hace dos semanas 12 compañeros se fueron a Carlos Paz. Dos viajaron desde Buenos Aires y uno desde Bariloche. “Fueron tres días muy intensos gastronómicamente hablando”, confía entre risas Luis. “Hicimos una visita a la estancia jesuítica de Alta Gracia y luego nos fuimos a Carlos Paz. ¡Nos teníamos que sacar la foto con el reloj cucú!”, añade Raúl.

La aventura los entusiasmó tanto, que ahora van por más: están planeando irse el año que viene a Río de Janeiro. Sólo les falta tramitar el permiso de las esposas.
 

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