Economía
Lunes 27 de Abril de 2015

Eliminación del cepo: shock o gradualismo

Por Jorge Sarghini
De Noticias Argentinas
El autor es economista. Diputado. Presidente del Bloque de Frente Renovador de la provincia de Buenos Aires
La eliminación del cepo implica normalizar el mercado cambiario, que exista un solo mercado en el que, aunque administrado, la cotización de la divisa sea en función de la  oferta y la demanda sin reprimirlas artificialmente. 
En otras palabras, significa que, con regulaciones eficientes  -como se hace en todos los países modernos del mundo- toda persona física o jurídica que quiera comprar moneda extranjera lo pueda hacer, en la medida en que justifique la procedencia de los pesos necesarios para hacerlo.
Luego de casi cuatro años de cepo, existe una demanda  reprimida de varios miles de millones de dólares: importadores que no han obtenido las divisas para pagar sus compras en el exterior; empresas extranjeras que no han podido girar  dividendos; e individuos que quieren comprar dólares para diversos fines, entre ellos para resguardarse de la pérdida del valor del peso por efecto de la inflación. 
La liberación inmediata llevaría a una fuerte y descontrolada  devaluación de nuestra moneda, a menos que el nuevo Gobierno  dispusiera de los dólares necesarios para abastecer esta demanda,  algo imposible de esperar de manera inmediata.
Para ello, no podrían usarse -aunque la actual administración los compute como reservas- ni los yuanes, ni los DEG, ni el oro,  ni el dinero de terceros depositado en el BCRA, ni los fondos de  los tenedores de bonos internacionales que están congelados por  disposición de la Justicia de los Estados Unidos. 
En verdad, no se sabe con precisión cuánto es ni cuánto será al fin de la gestión el stock de intervención real del Banco  Central -reservas líquidas y disponibles- porque, como es sabido,  el Gobierno hace con las reservas internacionales lo mismo que  hace con la pobreza, con los precios, con las cifras de deuda y  con el déficit fiscal: miente.
Entonces, comprometerse a liberar el cepo el 11 de diciembre  como lo ha hecho Mauricio Macri, no sólo es temerario sino de peligrosa insensibilidad, porque no mide el costo social que  implica hacerlo de esa manera.
Obvia así las peores consecuencias de una devaluación abrupta,  y agrega más sufrimiento a una sociedad que ya registra un 27% de  pobreza. Está claro que con el tiempo el dólar buscará su nivel  de equilibrio pero, mientras tanto, la capacidad de compra de trabajadores y jubilados se irá deteriorando y las consecuencias  negativas en el plano social se volverán inevitables.
Este pensamiento, que no evalúa la conveniencia de estructurar adecuadamente los procesos económicos incorporando el costado  social, es el que inspira el camino del shock. Por su parte, Sergio Massa también planteó la necesidad de liberar el mercado cambiario, pero en forma gradual, porque propone hacerlo  utilizando los instrumentos de política y el tiempo que se  requiera para evitar las consecuencias sociales traumáticas de la corrección.
Se podrán liberar primero las transacciones prioritarias mientras que, con la puesta en marcha de un programa  macroeconómico integral, se irán generando las condiciones para que el Banco Central pueda disponer de manera efectiva los dólares  necesarios para hacer frente a los aumentos de demanda esperados. 
Este método paulatino previene las consecuencias sociales  negativas e inevitables si se aplicara un shock, y está basado en  una concepción de toma de decisiones económicas con un profundo  sentido de justicia social.
El próximo Gobierno no sólo deberá levantar el cepo. Tendrá  que resolver muchas inconsistencias para recuperar los equilibrios macroeconómicos perdidos.
La actual administración pretende -por la vía de atajos- demorar las consecuencias de su errado derrotero a costa de seguir debilitando la posición externa del país con menos  reservas genuinas y mayor deuda externa; profundizar el  estancamiento económico que destruye empleo y convalidar niveles  de inflación que devora ingresos.
Está claro, entonces, que si queremos salir de esta transición  inconclusa que retrasa nuestro progreso, debemos cambiar. El gran  debate en el tiempo electoral que se avecina debería estar centrado en cómo ha de encararse ese cambio y, en esto, las  fuerzas opositoras tenemos no sólo una gran oportunidad, sino  también una enorme responsabilidad que no debemos eludir: los  ciudadanos deben saber más para elegir mejor. Algunos hechos del pasado no tan lejano deberían servirnos de guía.
El ideólogo de la política neoconservadora Milton Friedman en  uno de sus ensayos más influyentes aseveró que ante situaciones críticas “hay que desarrollar alternativas y mantenerlas hasta  que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable”. 
Este pensamiento marcó una época a la que seguramente muy pocos argentinos quieren volver.  

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