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Domingo 11 de Septiembre de 2011

Es la educación, estúpidos…

 Sarmiento murió un día como hoy en 1888. La envergadura de su figura y el volumen de su obra nos obligan a reflexionar sobre el legado que nos dejó. Por Martín Rostand

Hace algunas semanas, Hugo Biolcatti generó repercusiones con su discurso de apertura de una nueva edición de la exposición rural, enrostrándole al actual Gobierno un intencional olvido sobre el hecho de que este año se cumplió el bicentenario del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento.

Más allá de que muy probablemente el lamentable olvido no haya sido algo craneado especialmente por alguna inteligencia perversa, como pretende el presidente de la Sociedad Rural, sino producto de la desidia con que los argentinos ignoramos nuestra propia historia, vale la pena hacer algunas consideraciones sobre la figura de Sarmiento y la impronta que dejó en nuestra sociedad.

Todos lo recordamos a él como el “padre” de todos los maestros y como la figura que más hizo por desparramar hasta los confines del territorio una educación libre, laica y gratuita.

Incluso él mismo fue un exigente mentor de su propia educación y casi todas las cosas que el sanjuanino sabía, que no eran pocas, las aprendió disciplinándose por sus propios medios. Es que Sarmiento sabía que la educación era lo único que le permitiría emerger del entorno de marginalidad y exclusión en el que le tocó nacer.

Por supuesto que el mismo sanguíneo carácter que lo llevó a ser un riguroso maestro de sí mismo le hizo cometer infinidad de errores y excesos en su carrera política. Esa voluptuosidad lo hizo concebir algunos conceptos que sin ninguna vergüenza dejó plasmados en sus escritos y discursos, como aquel que dio en el Senado de Buenos Aires el 13 de setiembre de 1859, hablando sobre los huérfanos.

“Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran: porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer”.

Desde luego que esta atrocidad empaña el brillo de todo lo que hizo en pro de abrir las puertas del conocimiento para todos aquellos que quisieran cruzar ese umbral. Pero no le resta valor.

Nacer en la provincia de San Juan en 1811 y llegar desde ahí a ser presidente de la Nación es algo que se parece mucho a haber nacido en alguna de las castas de la cultura india, como los parias, y desde allí llegar a cobrar notoriedad en su sociedad.

Y la referencia a la India no es antojadiza, porque ese país hoy es uno de los que más han avanzado en el mundo, mejorando sus posiciones relativas y ocupando lugares de expectación prácticamente impensados entre 1947 y 1964, cuando Jawaharlal Nehru, obsesionado con transformar a su país en una potencia espacial, decidió crear una meritocracia educativa.

Nehru creó un consejo gubernamental de 22 miembros a los que les encomendó que analizaran las mejores universidades del mundo y crearan a su imagen y semejanza universidades indias que celebraran convenios de reciprocidad con sus modelos originales, de modo que los estudiantes indios comenzaran su carrera universitaria en su país y la completaran en los países de donde habían copiado sus modelos, para luego regresar a la India a seguir formando nuevos estudiantes, aunque ahora como profesores. Lo que se dice, crear un círculo virtuoso.
India muestra todavía hoy en las calles de sus ciudades las vacas sagradas rumiando su sacralidad. Su infraestructura de rutas y caminos siguen siendo notoriamente defectuosa, casi como la nuestra. El tránsito es un desastre peor que el que vemos en la Argentina y la mayoría de sus ciudades tienen edificaciones que no pasan de los tres pisos de alto, mientras que buena parte de sus habitantes usan sin ningún pudor las calles y los puentes como baños públicos, porque así es su idiosincrasia.

Pero mientras eso sigue sucediendo, las cápsulas espaciales Polar ya tienen más de once misiones cumplidas con todo éxito instalando satélites en la órbita terrestre y la India espera poner una misión tripulada en la luna para 2015, cumpliendo el sueño de Nehru.

Hoy la India tiene un equipo nacional en la Fórmula 1, el Force India, que ha diseñado un monoplaza impulsado con un motor Mercedes Benz y con una caja de velocidades construida por McLaren.

Mientras muchos países pugnan por ubicar un piloto en la categoría, como alguna vez supo tener la Argentina, los indios se dan el gusto de tener un auto allí, mientras la empresa emblema del país, Tata Industries, invierte más de 3.000 millones de dólares en Latinoamérica. Todo eso lo genera la educación.

Volviendo a lo de Sarmiento, dos preguntas se nos ocurren, para jugar con su imagen histórica: ¿por qué no ha surgido en la clase política argentina una figura que se le pueda comparar? y la más divertida, ¿qué haría Sarmiento hoy si viviera en la Argentina?

Está claro que disfrutaría mucho si se dedicara a la política, teniendo rivales como Ricardo Alfonsín o Julio Cobos , o que enfrentaría con vehemencia liderazgos como los de los Rodríguez Saá, por una cuestión conceptual para él.

También es dable imaginar que se sorprendería y hasta podría admirar con reservado respeto el hecho de que sea hoy una distinguida y elegante señora quien se presentara como su rival para disputar la supremacía política, que en su tiempo ocupó un enérgico patrón de estancia, contra quien aplicó todo su paciente y talentoso empeño, hasta verlo caer.

Si Sarmiento fuera presidente hoy, sería interesante escuchar las respuestas que les daría a los cuestionamientos que le hicieran los capitostes del mundo sindical y, por qué no decirlo, también sería divertido.

Pero lo más valioso sería conocer la respuesta que nos daría si le preguntáramos qué le falta a la Argentina para mejorar, crecer, superarse.
Probablemente Sarmiento, parafraseando a Clinton, nos escupiría en la cara la respuesta que le da título a esta columna.
 

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