Política
Lunes 05 de Septiembre de 2011

Estamos vaciando el diccionario

Muy cerca de las próximas elecciones, hay una clara actitud de abdicar por parte del arco opositor, con lo cual el oficialismo se queda sin contrincantes.

Ariel Robert
Coordinador general de Contenidos Editoriales de UNO Medios


Después de observar las declaraciones de los postulantes a candidaturas para presidir el país y de otros que solían identificarse como opositores (al actual Poder Ejecutivo nacional y candidatos a continuar), es visible que hay una actitud lisa y llana de abdicar. Es como si el sparring, que conoce su rol de entrenar al púgil que deberá competir, declarara que se baja del cuadrilátero porque admite la superioridad imbatible de su –por ahora– jefe. Es como si un aspirante renunciara a su cargo porque sabe que debe respeto a la jerarquía superior que ocupa un cargo en la empresa, y no está dispuesto a crecer y esperar, O al menos, a esperar y crecer.

Si Fukuyama habló del fin de la historia en un artículo y nadie serio del ámbito de la filosofía escuchó el argumento. En Argentina surge la impresión de que es importante rescatar el concepto. Tan autóctono como el dulce de leche.

No hay contrincante (persona que pretende algo en competencia con otra u otras). O, me pregunto: “¿Lo hubo y quedó tan diezmado en un simulacro que ahora prefiere abandonar?”. Huir en realidad.

Estuve tentado, en 2009, de adquirir y entregar tantos ejemplares como políticos conocía, de la novela Ensayo para la lucidez, del extinto Nobel José Saramago. Abandoné cuando hice la cuenta. Me arrepiento.

Quizás por trabajar durante 31 años –comprobables– en medios de comunicación, leí con fruición El hombre de Clarín (biografía muy parecida a una autobiografía) escrita por José Ignacio López, sobre Magnetto y me pregunté: “¿Por dónde pasa el poder real? Advertí que Kirchner tenía, al menos, parte de la respuesta.

La política, entendida como proceso para cambiar lo que sucede por algo que queremos que suceda, es lo que seguramente provoca que las personas vayamos cada tanto a votar. A elegir. A “cambiar” desde un acto absolutamente individual y privado, la situación de este “todos”, que algunos podemos ver como noción de Nación, de lugar común, de “realidad colectiva”.

Hoy, después de escuchar, mirar, leer y observar lo que los contrincantes proponen, me hace dudar de los significados de las palabras, de la historia. Aquel que no coincide con los designios de los postulados de los 6,7,8 (Clarín –justamente– pero además, todos quienes no obedezcan con genuflexión ) no tienen “quién les escriba”. O sea, no tienen quiénes representen su genuina “oposición” (argumentada intelectual, emocional y/o ideológicamente o acaso fácticamente al “modelo”). Estos padecerán de orfandad. Pero algo peor, algo que podrá arruinar la merecida victoria de los que hoy detentan el poder: carecerán del cero que combina con el uno en el orden binario.

Abusé en describir a nuestra sociedad como dicotómica, antinómica, maniquea y hasta “gorila”. Pues deberé releer. Hoy –ojalá sea así– no hay vencedores ni vencidos. Acaso sólo vencedores y dubitativos. O lo que sería dramático: vencedores y abúlicos persuadidos de carecer del mínimo talento de sumar, sin importar desde qué columna, desde qué lugar.

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