San Rafael
Sábado 02 de Abril de 2016

Historia de San Rafael: el aporte de Francisco Lodi a la vitivinicultura del departamento

Segunda parte. El italiano desarrolló su bodega en Balloffet y Sarmiento y vendió parcelas a otros inmigrantes pero a pagar cuándo pudieran. Donó el terreno de la iglesia San Antonio.

Cuando la nueva bodega de calle Balloffet de Francisco Lodi comenzó a producir, vendía en San Rafael el vino embotellado y en varias regiones del país en bordalesas.
En tiempos pasados, envasar el vino en las botellas era un trabajo bastante difícil, en primer lugar las botellas debían lavarse en grandes piletones o bateas llenas de agua con un poco de soda caustica, donde se colocaban en remojo para que la suciedad se ablandara. Esta tarea era realizada por un grupo de obreras, que las lavaban con cepillo y luego las enjuagaban con un chorro a presión. Después se ponían a escurrir boca abajo, en un principio en cajones de madera y después de hierro, esto a veces les lastimaba las manos.
El embotellado y tapado con corcho se hacía manualmente, lo efectuaban los varones, ya que era un trabajo muy complicado. Años después comenzó a fraccionar en damajuanas de 5 y 10 litros.
Cuando en su proceso el vino comienza a fermentar genera mucho calor y debe enfriarse. Don Francisco aún no había podido adquirir maquinaria refrigerante, entonces para enfriar el vino habían ideado un sistema muy ingenioso: hacían pasar unos 10 caños de 2 pulgadas por el canal Sarmiento, que regaba los árboles de la avenida Balloffet, y en su interior circulaba el vino para que el agua del cauce lo enfriara.
La gente al pasar veía las mangueras y como no sabía qué estaban haciendo, decían: “Mirá como ‘bautizan’ el vino ¡Qué descaro, a la vista de todos!”.
Había registrado la marca Lodi en sus variedades blanco, tinto y en especial el más famoso de todos: el moscatel Lodi.
Este era un vino seco, muy rico, muy apreciado, al abrir la botella se podía percibir el perfume de la uva sin ningún agregado químico. Don Francisco nunca contó el secreto de cómo lo hacía, por lo que nadie sabe actualmente cómo hacerlo.
Como publicidad, en cierto momento hicieron unas jarritas de cerámica con la forma de un pingüino, que decía Vino Lodi, utilizadas para servir en los restaurantes. Esto se sigue haciendo en muchos países, sobre todo en el mediterráneo,donde el vino se sigue vendiendo en damajuanas.
Anterior a la década del 50 ampliaron la bodega y construyeron enormes piletas cilíndricas que le dieron capacidad para 1.000.000 de litros más.
El bodeguero comenzó a vender parcelas de terrenos a otros inmigrantes, sobre calle Sarmiento, sin documentar y les pedía que le pagaran cuando pudieran. Todos le pagaron, eran otros tiempos, cuando la palabra dada valía y nadie se atrevía a faltar a su “palabra”.
Años después donó el terreno para hacer un asilo en San Antonio, pero sólo se pudo construir la iglesia y posteriormente la escuela.
En un momento comenzaron a sacar el sarro de las piletas y lo vendían a la química “El Globo”, situada en la actual calle Juan XXIII, que lo industrializaba, haciendo el cremor tártaro y ácido tartárico.
El orujo lo vendían a don Lisandro Federico Rodríguez, que en su destilería de El Chañaral hacía la grapa “Los Pámpanos”, reconocida en todo el país.
Para evitar los accidentes que se producían cuando ingresaban los obreros a las piletas para limpiarlas y sacar el sarro, ya que podían morir intoxicados,  pintaron las piletas con una pintura especial, como loza, para evitar que se pegara el sarro.
En un galpón estaba la tonelería donde armaban los toneles muy grandes y arreglaban las bordalesas. Fue tonelero de esta bodega el señor Carlos Reynal, de nacionalidad francesa.
Por el ferrocarril enviaban el vino a Buenos Aires en bordalesas y posteriormente instalaron una planta de fraccionamiento en San Nicolás de los Arroyos. El edificio quedaba muy cerca del ferrocarril y tenían una extensión de las vías, y en los tiempos en que el vino se llevaba en grandes tanques llegaba el tren hasta la planta para descargar el vino. En 1958 vendieron la planta.
Cuentan los nietos que al llegar la Navidad no había regalos, pero la abuela Catalina les preparaba montoncitos de monedas para cada uno, por lo que ninguno faltaba a la cita el día de Navidad para buscar sus moneditas.
Don Francisco falleció en 1958 y su esposa algunos años después. Los descendientes, después de alquilar un tiempo la bodega, decidieron venderla. Finalmente se cerró en 1966.
Hoy en ese sitio, sobre las piletas subterráneas, se encuentra la moderna concesionaria de automóviles Chevrolet Amsat de la familia de Anuar Sat.
María Elena Izuel
Especial para UNO SR
marializuel@speedy.com.ar

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