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Lunes 12 de Diciembre de 2011

La burbuja del curita

Rosa aspiraba a ser madrina de bautismo, pero las palabras de un sacerdote que atrasa 50 años la desalentaron.

Por Enrique Pfaab

Rosa tiene 61 años. Es viuda, sin hijos y renguea por culpa de los juanetes y las várices reventonas. Hace tartas de ricota, carne a la olla, reza el rosario cada tanto y tiene una imagen de San Jorge pegada junto al aparador, donde guarda una botella de mistela. Estas cualidades la convirtieron en candidata a madrina de la hija de una sobrina. Por eso hoy va camino a la iglesia, trayecto que no cumple desde que murió Froilán. Trabajó siempre, más que su esposo, quien se dedicaba sólo a cumplir con sus labores de empleado ferroviario y, en sus ratos libres, a beber cerveza y timbear.

“¡Qué veranito que vamos a tener si ya en noviembre hace tanto calor!”, piensa Rosa mientras cruza la plaza, sofocada. Su vida fue siempre trabajar. Fue enfermera y costurera, un arte que le enseñó su madre.
Ese era el dinero que le daba estabilidad a la pareja. Rosa es una mujer alegre. Pese a las molestias en las piernas, todavía es la que arma los bailes en las fiestas familiares. Tiene la capacidad de relacionarse muy bien con los jóvenes. Sus sobrinos la adoran y no se sorprendió cuando Romina y su marido Javier le vinieron a pedir que fuera la madrina de su primera hija.

Cuando todavía eran novios clandestinos, Rosa era su confidente y cómplice. “Vengan a casa y yo salgo a visitar a alguien. Prefiero eso a que anden por ahí, haciendo cualquier cosa en la plaza”, les decía
cuando los veía agitados y nerviosos. “Eso sí, usen forro”, les ordenaba. Rosa entra en la iglesia y suspira aliviada. Había olvidado lo fresca que era. Años atrás, ella solía ir seguido y había trabado cierta amistad con un curita inquieto que había armado un grupito de pibes que hacían tareas solidarias. Pero después, cuando el cura se fue y los chicos se desbandaron, ella también dejó de ir. Para ese tiempo también  murió Froilán.

En la sala donde dan la obligatoria charla para los padrinos ya hay unas diez personas. Saluda y se sienta al lado de Antonio, quien será su compadre. Es tío de Javier y no debe tener más de 50. Lo ha visto
sólo un par de veces, en el casamiento y en alguna Navidad. El cura que les va a dar la charla llega enseguida. Tiene unos 32 o 34 años, habla con acento y modismos centroamericanos y la piel cobriza.
Arranca con la Santísima Trinidad y la Creación. “… Entonces Dios creó al Hombre y, como éste se sentía solo, de una de sus costillas creó a la Mujer. Todo era perfecto, pero la mujer le hizo probar al hombre el fruto del árbol prohibido, porque ella es débil por naturaleza”, dice el padrecito. “Se nota que este no me conoce a mí ni conoció a Froilán”, piensa Rosa, quien se muerde los labios para no iniciar una discusión.

“El problema es que hoy los chicos no tienen límites. El hombre trabaja toda la semana. En cambio, la mujer se la pasa mirando la novela, charlando con la vecina en la esquina y preocupada con la ropita que se va a comprar, y desatiende la crianza de los niños, que es su obligación por naturaleza. El deber de la mujer es servir al marido y los hijos. El hombre es el conductor de la familia y debe ser firme, y la mujer debe responder al marido”, sigue el curita. “Escuchen bien, ¿qué creó Dios? Un hombre y una mujer. No creó dos hombres o dos mujeres. Ahora, con estas leyes que han salido y todas las cosas que se  están permitiendo, yo les pregunto: ¿nacen o se hacen?”. Rosa se acuerda inmediatamente de Ramiro, su vecino de al lado, quien vive en pareja desde hace 15 años con Armando. Son sus amigos. Amables, solidarios, compañeros, siempre predispuestos para darle una mano, sabiendo que ahora ella es una mujer sola. Rosa se vuelve a morder los labios. “¡Se hacen, señores, se hacen! Porque Dios es perfecto y jamás haría algo imperfecto. No me pregunten por qué esto es así. Dios es perfecto y eso está dado. Es así. No hay que cuestionarlo. Ustedes no se imaginan las cosas que vamos a tener que ver dentro de diez años si esto sigue así”.

El cura habla tres horas seguidas. Sin parar. Rosa, por momentos, lo mira con los ojos desorbitados o si no agacha la cabeza y fija la vista en la mesa de cedro, mientras traga saliva. “Yo hoy les he explicado todo. Les he dicho cómo son las cosas. Nadie puede decir: yo no sabía. ¡Qué no vaya a ver a las mujeres con las faldas largas y a los hombres con la Biblia en la mano golpeando puertas. Porque voy a ir de atrás, les voy a pegar un puntapié y les voy a decir: ‘Hermano, ¿qué haces acá?, si yo te di el cursillo de bautismo, si yo te expliqué cómo eran las cosas’”. Antes de despedirlos, el padrecito recomienda “que las mujeres vengan recatadas al bautismo y lleguen  media hora antes, para poder pasar por secretaría a abonar 30 pesos, porque la iglesia necesita plata. No es como dicen por ahí que a la iglesia le sobra la plata. Se están haciendo arreglos y apenas nos alcanza para pagar las cosas que hay que pagar”. Rosa vuelve rengueando a su casa, con sus juanetes y várices, y este noviembre caluroso y húmedo que acá, en el este mendocino,  es más sofocante.

Su sobrina pasa por la casa al caer la noche. “Y… ¿cómo te fue, tía?”, le pregunta. “Mirá, nena: vas a tener que ir buscándote otro cura u otra madrina”. Después se sientan, se sirven dos copitas de mistela y se ponen a charlar de la vida.

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