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Domingo 11 de Septiembre de 2011

La hermana Gabriela, 50 años al servicio de los más necesitados

Nació en Milán, Italia, y a los 18 años ingresó al noviciado en la congregación de las hermanas de la Inmaculada Concepción de Ivrea. Desde 1978 está en Alvear “trabajando por los pobres”  

Tiene 71 años y 50 los vivió como miembro de la congregación de la Inmaculada Concepción de Ivrea. Nacida en Milán, Italia, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, la hermana Gabriela Cassini está festejando sus bodas de oro de vida consagrada a Dios a través del servicio de los pobres y afligidos y si tuviera la oportunidad de empezar de nuevo “volvería a elegir lo mismo”, dice sin dudarlo un instante.

La obra de la monja y la congregación son inseparables desde que ingresó al noviciado, a los 18 años. “Me cautivaron los pobres, el necesitado, por eso ingresé a la congregación y no estoy arrepentida, y eso que estuve como un año y medio de novia, pero en el fondo siempre supe lo que debía hacer”, dijo.

A la par de la formación religiosa, estudió enfermería profesional y llegó a ser jefa y formadora de futuras enfermeras en el hospital que la congregación tiene en Italia. La labor hospitalaria tenía estrecha relación con sus sueños más íntimos: ir en misión al África. Pero finalmente los caminos de Dios la condujeron en 1978 a la Argentina y desde entonces está en General Alvear.

Como era de suponer, el primer destino fue el hospital de Alvear, y allí la golpeó la realidad. “Soñaba con ir al África pero también hice votos de obediencia, por eso relegué mi sueño y acepté venir acá y me impactó mucho lo que vi, era un desastre, la caba no sabía ni leer ni escribir, la sala era para 10 o 15 personas y la pobreza era como una segunda África para mí”, relató.

La misión que llevan adelante las hermanas de la caridad es conocida por todos. En las épocas de crisis no hubo director que no acudiera a ellas para conseguir insumos básicos y en la actualidad colaboran con medicamentos y prótesis para los pacientes carenciados. Se aprovisionan gracias a los recursos que obtienen de la venta de ropa, además de donaciones. También consiguieron con recursos de su país natal una lavadora con capacidad para 100 kilos.

La labor de la religiosa también fue destacada por el Concejo Deliberante. A instancia de la edil Miriam Ruiz el cuerpo aprobó una resolución en reconocimiento a la trayectoria y el desempeño de la monja. El martes 13 harán entrega formal de una distinción, aprovechando además el cumpleaños número 72 de la hermana.

Además de cumplir funciones en el nosocomio, enfocó gran parte de su labor pastoral a la asistencia social. En 1982 en la sede de la congregación en el departamento las hermanas decidieron abrir un comedor comunitario. Al principio funcionaba tres veces a la semana “hasta que nos dijimos, nosotros comemos todos los días” y las puertas del centro pastoral Antonia María Verna permanecen abiertas para más de 100 personas diariamente que asisten de lunes a viernes tanto “grandes, niños como ancianos, acá comen todos. Y los sábados “les llevamos la comida a la casa”.

Entre otras cosas consiguen que bienhechores italianos apadrinen a niños del departamento. Los recursos que se obtienen por esta vía son empleados para la educación de los menores, en la mayoría de los casos, o para satisfacer necesidades de la familia. “Nosotros hacemos un seguimiento de la gente que viene acá, no sólo le damos de comer. En una casa construimos un baño, a una mamá con 7 hijos le pagamos el alquiler de una casa porque no tenía dónde estar; nosotros no entregamos plata, vemos las necesidades y tratamos de solucionarlas”, sostuvo Gabriela.

Recuerdos de la guerra

La hermana Gabriela es la anteúltima de un total de 9 hermanos y la única religiosa de la familia. Así como recuerda gratos momentos junto a sus padres y hermanos, también tiene presentes los duros que le tocó vivir durante los años de la Segunda Guerra Mundial.

Si bien nació en 1939, en los inicios del conflicto bélico, a medida que fue creciendo tomó mayor conciencia de lo que sucedía a su alrededor.

“Me tocó parte de la Segunda Guerra y para el final ya entendía lo que pasaba. No me voy a olvidar más de los alemanes, eran terribles, mataban a todos”, dijo.

Con la memoria intacta se anima a contar: “Me quedó grabada una imagen, fue muy impactante, había fuego y vi cómo echaban al fuego a unos niños, después a mi papa le apuntaron con el arma, fue muy duro y sufrí mucho”, relató.

La misión educadora en Villa Angélica

Una de las cosas que más le impactaron cuando llegó a Argentina fue “la cantidad de gente y sobre todo de jóvenes que no sabían leer ni escribir”, cuenta la religiosa.

Desde su allegada al país, repartió su tarea pastoral entre el hospital y la misión evangelizadora y educadora en cierto sentido. Comenzó a recorrer los parajes y distritos del departamento, sin embargo Punta del Agua, distrito sanrafaelino a 90 kilómetros de Alvear, atrajo la atención de la congregación especialmente.

En ese lugar enclavado entre cerros, luchó 15 años hasta que finalmente se logró el objetivo: contar con un predio en el cual levantar el hogar de niños Villa Angélica, un orgullo para la provincia. El hogar alberga a los hijos de los puesteros de 100 kilómetros a la redonda de entre 5 y 15 años de edad a los que de otra manera les sería imposible estudiar en la escuela del pueblo. “Empezamos con 20 niños y ahora hay 58”, detalló.

Además de dar de comer a los internados, al comedor concurren los niños del poblado, 80 de la escuela primaria y 30 del secundario.

En el hogar hay permanentemente 3 integrantes de la congregación, en tanto en el centro pastoral María Verna quedan 5 religiosas.
 

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