San Rafael
Sábado 22 de Octubre de 2011

La Isla de doña Isabel Araya

A los 91 años esta mujer es una de las primeras habitantes de la Isla del Río Diamante. Sus recuerdos 

Un enorme parral da la bienvenida a su humilde hogar, ese que fue testigo del crecimiento de la enorme barriada que hoy la abraza. Isabel Araya viuda de Nieto tiene 91 años y vio nacer a la populosa Isla del Río Diamante, uno de los barrios más grandes de San Rafael.

El cabello blanco y las arrugas en su rostro descansan detrás de una amplia sonrisa. La abuela Nieto, como muchos la llaman cariñosamente, llegó al lugar en 1928 cuando apenas tenía 8 años.

Su padre era empleado de Vialidad. Vivían en Pueblo Diamante y tenía que caminar más de 16 kilómetros a diario para ir y regresar de su trabajo porque “no existían los colectivos y tampoco tenía bicicleta. Así que le compró esta casa de adobe a don Emiliano y le dio lo que se llamaba un adelanto. Era un ranchito”, recuerda sonriente.

Otra época

El sonido del viento despeinando las largas cabelleras de los sauces y las cortaderas eran el paraíso para Isabel y sus 10 hermanos mientras jugaban con piedras al “luchy” o a las muñecas de trapo.

“En aquel momento éramos tres familias. Los vecinos estábamos muy unidos y así fue por años. Un lugar tranquilo. Podías dejar las cosas afuera y nadie te tocaba nada. Ahora ya no es tan así. Es que hace poco tiempo nos robaron muchas herramientas”, asegura Isabel, con una gran cuota de realismo y agrega que “son otras generaciones que, a veces, andan por malos caminos”.

De todas formas sabe que muchos de los habitantes de la zona continúan teniendo el espíritu noble y crecen a fuerza de trabajo, como lo hizo su familia.

A la hora de recordar anécdotas del pasado, doña Nieto viaja a su juventud y cuenta que le ayudaba a su padre en las vendimias.
“No recuerdo por qué, pero antes se acostumbraba a enterrar las cosechas de uva en las fincas. También, a los doce, íbamos a la calle El Moro en Cuadro Benegas a limpiar porotos”, narró buscando en su memoria cada recuerdo.

El barrio comenzó a crecer desmesuradamente y esas tres casas iniciales se transformaron en las más de mil que hoy se recuestan sobre una de las márgenes del río Diamante, donde antes el campo y el río dibujaban un paisaje acogedor.

Se agranda la familia

Pasaron los años y a los 17 Isabel se casó con Valentín Nieto, tuvo siete hijos y vivieron una historia de amor que duró 60 años, hasta que en el 2000 la vida los separó.

La abuela tiene un sueño por cumplir: tener las escrituras del terreno en sus manos. Muchas veces le prometieron que iban a ayudarla, pero las palabras se desvanecieron en el tiempo y nunca recibió nada. Hace mucho, durante su última gestión como intendente, “el Chicho Russo me dijo que si les dejaba abrir el callejón entre mi casa y la de mi hija me iban a hacer el cierre de las dos y darnos las escrituras, pero tampoco volvimos a tener noticias. No quiero morirme sin poder ver esos papeles”, cuenta con pena por un sueño que parece extinguirse en el incumplimiento pero que en ella resiste como el parral de su casa.
 

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