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Domingo 19 de Julio de 2015

Le dieron 160 puntos por las mordeduras de cinco perros

Enrique Pfaab
pfaab.enrique@diariouno.net.ar

Ángel rezonga porque hace frío y se ha tenido que levantar de la cama. Ser noticia es cruel. La prensa no respeta horarios ni vacaciones de invierno. “Los puntos se van saliendo solos, ¿ve?”, dice, mientras muestra las distintas partes de su cuerpo. Tiene 160 puntos. Sólo en su pierna derecha hay 64. La única parte que no tiene heridas es su cara, casi milagrosamente. Lo único que se le ve, cerca de ella, es una costura de unos 4 centímetros en el costado derecho del cuello. Los médicos del hospital Humberto Notti han hecho un trabajo perfecto, cuidadoso. Teniendo en cuenta que Ángel recién tiene 9 años, es posible que cuando sea adulto las decenas de cicatrices casi no se vean. Pero las mordeduras de los cinco perros que lo atacaron a las 20.30 del miércoles 24 de junio no se borrarán tan fácilmente de su psiquis. “Vamos a empezar ahora con el tratamiento con un psicólogo. Todavía está muy asustado”, dice su madre, Estela González, que es profesora de Inglés.
Ángel tuvo mucha suerte. De las múltiples heridas, ninguna puso en riesgo su vida ni le comprometió órganos ni le produjo daños que afecten su movilidad de por vida, al menos en los diagnósticos. Pero fue solo eso, suerte. “Todavía no ha vuelto a la escuela. Cuando comiencen las clases tendrá que evitar hacer movimientos bruscos, hasta que las heridas cicatricen”, cuenta su mamá.
Todavía se mueve lento, con mucho cuidado. Todas las costuras le molestan. “Mirá las que tengo acá”, dice, y muestra su espalda. Salvo el rostro, no hay lugar de su cuerpo donde no haya alguna. Hasta en la cabeza tiene heridas. Instintivamente, mientras estaba en el suelo y los cinco perros sobre él, parece que atinó a cubrirse la cara con los brazos.
En el barrio
Todo ocurrió en el mismo barrio. Ángel y su familia viven en Wenceslao Núñez al 1700, a 30 metros de la esquina con la calle Córdoba y la casa donde están los cinco perros, es al 300 de Córdoba. Es decir, a no más de 200 metros de la casa de Ángel. Es una calle con poco tránsito, bien de barrio.
Irónicamente, la casa dónde están los cinco perros, tres machos y dos hembras de raza mestiza, de buen porte y que conservan algunos rasgos más o menos cercanos de ovejero alemán, es una de las más seguras de esas cuadras. Con medianeras y una reja alta, bien construida, que asegura el frente de la propiedad, con su puerta y portones correspondientes. Así estaba esa casa, el 24 de junio. Ahora, además tiene una segunda reja que deja totalmente cerrado el patio trasero. Allí están recluidos los cinco perros, que ni siquiera ladran cuando el periodista golpea las manos. Nadie sale y los perros apenas miran, curiosos.
En cambio, en la calle se ven otros cinco perros que parecen callejeros y que persiguen una hembra en celo. Y otros más, que hacen su vida de perros. Cualquiera podría suponer que a Ángel lo mordió cualquiera de ellos, de los que están afuera, y no los que están encerrados en la casa del 398 de la calle Córdoba. Pero sí, fueron ellos. Las rejas del fondo no estaban y alguien olvidó cerrar el portón del frente. Los perros salieron a la calle y mordieron al niño. Se abalanzaron sobre él, lo hicieron caer y lo siguieron mordiendo. Los vecinos, después de bastante esfuerzo, lo rescataron. La dueña de los canes fue la que lo cargó en el auto y lo llevó hasta el hospital Saporiti. Luego lo derivaron al Notti.

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