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Domingo 13 de Noviembre de 2011

Los clubes son refugios de vida

San Rafael supo tener en algún momento una cantidad de clubes sociales y deportivos en los que convivían multitud de familias. Hoy ya no es tan así. 

Por Martín Rostand  

Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad” dice la letra de Canción para mi muerte, un himno de Sui Generis que se transformó en emblema de una generación, allá por los primeros años de la década del '70.

Esa simple frase resonando en los corazones de los que hoy son hombres y mujeres hechos y derechos seguramente traerá reminiscencias de adolescencia y juventud, de primaveras y veranos y de un ámbito en el que crecimos casi todos los que hoy empezamos a peinar canas: un club. Ese lugar que para muchos fue como una extensión del propio hogar en el que sellamos relaciones que perduraron en los años y de los que emergieron en más de una oportunidad lo que hoy son familias que nacieron al calor de los romances que en todos ellos germinaban cada verano.

Vistos en el tiempo, los clubes se muestran como una extraña paradoja en la que choca el mundo físico con el espiritual. Compartiendo experiencias y confinadas en los predios de cada club, durante años generaciones enteras de sanrafaelinos crecimos con una libertad que sólo reconocía los límites de nuestra imaginación.

Difícil es la tarea de quien pretenda explicar por qué ese espacio en el que la sociedad se consolidaba en otros años de nuestra existencia hoy languidece en la mayoría de los casos y en otros pocos demuestra un enorme y generoso esfuerzo de un grupo de emprendedores y líderes que no se dejan vencer por la inopia y la apatía, pero a quienes les cuesta una enormidad generar una masa crítica que pueda ayudarlos y prenderse en las iniciativas que incansablemente proponen sus mentores para expandir y desarrollar las instituciones.

Aquel tiempo al que aludimos con la estrofa de la canción remite desde esta reflexión a los años '50, '60 y algo de los '70 en un San Rafael que florecía en muchísimos aspectos. Los clubes eran muestra de aquella pujanza y si bien hoy no han desaparecido, muchos de ellos languidecen en una existencia que tiene como destino inexorable la extinción. Lenta y silenciosa.

Por aquellos años, un ramillete de instituciones competían entre sí para organizar los espectáculos más interesantes, los bailes más concurridos o mostrar las instalaciones más relucientes y modernas que se ofrecían a la comunidad. Por supuesto que tenían liderazgos naturales y emergían de ellos nombres y apellidos que ganaron lustre para cada una de las instituciones, como los de don Juan Bustos en el San Rafael Tenis Club o el de los hermanos Trimiño en Pedal Club, sin olvidar a los Pretel en Huracán, y paramos aquí con las consabidas disculpas para la enorme nómina de los que quedan fuera de esta simbólica y escueta enumeración.

Pero no solamente ellos construyeron aquellos clubes. Detrás de ellos, o para decirlo mejor a la par de ellos, una nube de incansables colaboradores completaban los interminables detalles que cada una de sus obras y logros requería. Familias enteras se integraban en aquellos espacios y convivían en un clima que generalmente era de algarabía y bullicio. Por supuesto que como en todas las instituciones, había espacio para la diferencia y la alternativa, pero casi siempre se dirimían en un clima de respeto e integración. No había lugar para rencillas que dividieran aguas dentro de esos ámbitos y para el caso en que aquello fuese del todo irredimible, generalmente detrás de aquellos conflictos emergía una nueva institución, creada por los disidentes.

¿Qué nos pasó? ¿Por qué hoy cuesta tanto encontrar hombres y mujeres que tengan aquel sentimiento de trascendencia que los llevaba a trabajar en la mayoría de los casos con la última y secreta intención de dejar una huella de su paso por esta comunidad, aunque más no fuera? Está claro que ya no son tan comunes aquellas conductas modélicas que dejaban huella indeleble. Existen hoy, y no son pocas, pero son notoriamente menos numerosas que entonces. Será por la falta de recursos y porque hoy todo es más difícil, dirá algún ignorante de nuestra historia y del legado que dejaron los pioneros de esta tierra, en la que hace poco más de 100 años no había casi nada de lo que disfrutamos hoy. Y cuando decimos esto nos referimos a cosas como el pavimento, la energía eléctrica, el agua potable, la tecnología y maquinarias que hoy existen y cuya ausencia no fue obstáculos para que los emprendedores de entonces construyeran esto de lo que hoy disfrutamos.

Otro argumento que se puede esgrimir para justificar la situación es decir que antes el dinero rendía más que ahora.

Habría que hacer un cálculo que nos permitiera comparar a valores absolutos los productos brutos de aquella época con esta, pero en última instancia no es tan necesario, porque aunque en estos años fuera menor el poder adquisitivo, la cantidad de sofisticados y modernos vehículos que se ven circular hoy por las calles de San Rafael nos demuestran que los recursos están, pero quizás les damos otro destino más cercano a nuestros intereses particulares y no tan enfocados en lo colectivo.

La crisis de liderazgo en la sociedad es hoy un signo de nuestro tiempo. Esto se advierte quizás más claramente en la política que en ninguna otra actividad. La ausencia de una oposición que pueda mostrar una mínima entidad como aglutinante de consensos es prueba palmaria de la situación.

Un viejo librero contaba hace unos días en una entrevista que en los años 70 se vendían muchísimos libros de política, filosofía y literatura en general, especialmente la de autores latinoamericanos. De aquella vorágine surgió entre otras obras magníficas Cien años de soledad, que no por casualidad se editó en Buenos Aires. Hoy los libros más vendidos son los de autoayuda, decía con alguna decepción el librero. Casi una radiografía. Entonces nos interesaba más lo colectivo, lo grupal, lo social, por eso leíamos política y esas cosas. Hoy nos importa lo que nos pasa a nosotros y casi nada más.

Quizás la tecnología haya ayudado para que esta exclusión de lo social ocurra de manera tan general. Ya no necesitamos ir al cine para ver la película que nos gusta, ni tampoco necesitamos ir a la casa de algún amigo que tenga un buen equipo de música para compartir horas interminables escuchando discos como los de Sui Generis. Estamos encerrados en nuestra propia comodidad y mirándonos el ombligo sin advertir que si quizás alzáramos la vista por nuestras ventanas veríamos un mundo que se aburre espantosamente. Y si tomáramos como ejemplo aquellas conductas que desarrollaron los que supieron crear aquellos viejos y queridos clubes, dejándolos como testimonio para los que vinimos detrás de ellos, todas esas instituciones que refulgen hoy en la memoria de todos los que las conocieron podrían revivir. Y nosotros con ellas.

Necesitamos despertar la voz de nuestra conciencia, para que nos hable al corazón diciéndonos que si aquellos hombres pudieron quizás nosotros deberíamos intentar algo al respecto. Nuestros jóvenes lo agradecerían con el tiempo.

Como nosotros agradecemos a los que nos permitieron vivir infancias, adolescencias y años de juventud inolvidables en nuestros queridos clubes.
 

 

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