País
Martes 21 de Abril de 2015

Los paros en la UNCuyo no le hacen honor a tanto ruego y tanto llanto

Por Paola Piquer
ppiquer@diariouno.net.ar
@paolapiquer
Elegir una escuela para los hijos debe ser de las tareas más difíciles que les tocan atravesar a los padres. En general –aunque no hay fórmulas– si un niño consigue una buena base en la primaria y en la secundaria, queda mejor posicionado para atravesar con éxito un nivel superior o para conseguir trabajo, que le permita en el futuro independizarse y/o desarrollarse profesionalmente. 
Cuando algunos bebés recién están dejando los pañales o las mamaderas, sus mamás y papás ya andan de ronda consultando en tal o cual colegio, sacando cuentas para ver si les alcanza para inscribirlos en el ámbito privado, o “tocando” contactos para que ingresen a la mejor “estatal” de la zona, porque aunque dicen que es por sorteo, está claro que no es lo mismo conocer a la directora que no tener ningún contacto al que acudir.
Los colegios de la UNCuyo fueron, son y serán una especie de meca a la que muchas familias aspiran a que su descendencia llegue. Por prestigio, calidad, laicisimo, exigencia, gratuidad, contención. De esas escuelas –en cuyas aulas, además, se integran y conviven alumnos de distintas clases sociales– han egresado respetados referentes sociales, políticos y artísticos de Mendoza. 
Hace muchos años atrás, el ingreso a la secundaria era a través de un examen. Luego, y para democratizar el sistema, se decidió que fuera por promedio. 
En cambio, en la primaria las vacantes se cubren con los hermanos de chicos que van a años superiores, primero; los hijos de los docentes, después, y en tercer término, por sorteo. Cada año son centenares los aspirantes, pero contados con los dedos de la mano los bendecidos con el número de la suerte, porque efectivamente quedan pocos casilleros disponibles en la sala de 4. Literal. Lo viví en carne propia en 2011, cuando participé en esa especie de lotería que deja felices y exultantes solo a un puñado de familias.
Desconozco si las ediciones posteriores siguieron igual, pero cuando asistí a esa instancia vi madres aferradas a todo tipo de estampas religiosas o nudos chinos, rogando que sus niños consiguieran el ansiado puesto. Y a otras llorar cuando el azar les fue esquivo, como en mi caso. Sufrí por aquel intento fallido. Como egresada del Magisterio que soy, que mi hija entrara al Carmen Vera Arenas era un sueño a cumplir. 
Por estas horas, miro como espectadora cómo del 13 al 17 de este mes, las “blancas palomitas” de esas casas de estudios no tocaron ni un cuaderno producto de una medida de fuerza impulsada por FADIUNC, en reclamo de un aumento de sueldo para sus docentes. Y aunque ayer retomaron la actividad, no se descarta ir a otra huelga a partir del 27. ¿Qué piden? El 40% de aumento para todas las categorías, implementación del convenio colectivo de trabajo en el 100% de las universidades del país, y exclusión del pago del Impuesto a las Ganancias, o en su defecto elevar el mínimo no imponible. Justos reclamos y en el marco de los derechos que les confiere la ley. 
Como contracara, creo que es alarmante el tiempo ocioso e improductivo al que quedan sometidos los estudiantes. No me cierra la idea de que siendo veinte y tanto de abril, hayan tenido apenas 20 días frente a los docentes. O que durante el ciclo 2014 estuvieran hasta después de las vacaciones de invierno con la zozobra de saber si había o no dictado de clases. 
La catarata de feriados largos y lunes poseleccionarios ya de por sí atenta contra el ritmo de los alumnos, para quienes las semanas hábiles de 5 exigentes días son una rareza, o un pelmazo. Si a eso hay que sumarle que por los paros en la UNCuyo las clases vienen siendo semana por medio ¿qué esperar? 
En retrospectiva, ya no me apena el resultado de hace 5 años atrás. Y está claro que no es porque la lista de “bondades” que cité respecto de estas instituciones haya variado un ápice. 

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