Mendoza
Jueves 12 de Octubre de 2017

La prisión domiciliaria, un beneficio que recibe muchas críticas

Para el ciudadano de a pie se goza de privilegios que en la cárcel no se tienen, como estar en el hogar y con la familia

Absurda en su formulación, paradójica en su naturaleza y disparatada para el razonamiento, la prisión domiciliaria es ni más ni menos que estar preso, pero fuera de la prisión. Es estar preso en un domicilio que, en general, es el propio o uno conocido. Implica encierro y, no sobra decir, la imposibilidad absoluta de salir siquiera a la puerta de calle.

Sin embargo, hace años que se aplica y su utilización ha sido una solución operativa y jurídica para la Justicia, aunque los especialistas admiten que a veces su instrumentación se ha desnaturalizado.

No hay abogado, fiscal, juez, dirigente político, legislador ni jurista que se atreva a decir que no debe existir tal régimen.

Como nunca antes ocurrió, la figura de la prisión domiciliaria entró en crisis en Mendoza en los últimos días, quedó en zona roja, enchastrada públicamente por las víctimas que demandan justicia, tachada de contradictoria y sospechada de privilegiar a los que quiebran la ley.

El arresto a domicilio para la monja Kosaka Kumiko, acusada por los abusos sexuales a niños sordomudos del instituto Próvolo, fue el fogonazo que disparó una rebelión de las propias víctimas en los tribunales, que reclamaron, sin éxito, que vuelva a la cárcel y pusieron la modalidad en el blanco de las críticas.

Para la ciudadanía, para quien no es abogado ni administra justicia, la prisión domiciliaria es una negación en sí misma, una prisión en libertad, aunque el preso no esté libre.

El hombre de a pie no puede entender, comprender ni mucho menos digerir su lógica, porque ni siquiera el lenguaje ayuda a describir su fin.

¿Quién puede considerarse preso en su casa, aunque no pueda salir a la puerta de calle?

La sensación popular no es errada. En la domiciliaria se pueden recibir visitas de modo permanente, se ve a diario a la familia, el preso tiene su cama, su pieza, su televisor, su perro y su churrasquera o una humilde parrilla para, al menos, asar un trozo de carne por detallar algunas bondades de la vida doméstica.

Todo eso es justamente lo que falta en la cárcel. No está la familia, a la que se la ve una vez a la semana, nadie duerme con su esposa, su marido o su pareja, se reside en celdas de 3 x 3 como mucho, donde no se está solo, sino con tres o cuatro compañeros.

Muchas tienen el baño en la propia celda sin división alguna, en un monoambiente. Otras ni baño tienen. Si la noche asalta con una urgencia, hay que esperar hasta la mañana siguiente o apelar a una bolsa como recurso de emergencia.

Porque así es la vida en prisión del que está preso, hacinada, amontonada, sin comodidades, sin espacio ni para la más íntima intimidad que demanda el cuerpo.

Ya lo dijo el padre de Alan Viloutta hace algunas semanas: "Mi hijo ya no está, está bajo tierra, mientras Verdenelli va a estar sentado en el living de su casa viendo televisión a pesar de lo que hizo", al referirse al empresario que atropelló y mató a su hijo en el Acceso Sur, dándose a la fuga y entregándose a la Justicia recién 48 horas después.

La frase de Villouta pinta de cuerpo entero la imposibilidad del hombre de a pie de comprender el tenor sancionatorio de esta clase de arresto.

No obstante, la domiciliaria existe desde 1950. En esa época el artículo 314 de la ley 1908 decía: "Las mujeres honestas y las personas mayores de 60 o valetudinarias (enfermas) podrán cumplir la prisión preventiva en sus domicilios, cuando por el hecho atribuido, pueda corresponderles una pena no superior a seis meses de prisión".

Claramente, en esos tiempos la domiciliaria para la prisión preventiva era bien restringida.

Pero deja un dato que al día de hoy prima y del que los especialistas consultados dieron cuenta: "Las mujeres siempre, salvo excepciones por casos muy graves, acceden a la prisión domiciliaria. Para los hombres es mucho más difícil".

Esto es porque en general, la mujer tiene mucho menor tendencia a quebrar la ley, algo comprobado estadísticamente.

En los últimos 20 años, la domiciliaria se agregó como un instrumento más de la Justicia penal.
Su primera ventaja para el sistema fue alivianar el hacinamiento carcelario y sacar de las prisiones a aquellas personas que podían garantizar que no se iban a fugar mientras el proceso se desarrollaba.

El antecedente se tomó del régimen que ya existía para los condenados en la ley 23.660 del Régimen Progresivo de la Pena.

La norma en su artículo 32 detalla que podrán acceder a la domiciliaria las reos enfermos cuya patología no pueda ser atendida en una cárcel, los que tienen una enfermedad incurable, los discapacitados que no puedan permanecer en prisión, los mayores de 70 años, las mujeres embarazadas y las madres de un niño menor de 5 años discapacitado que está a su cargo.

Quienes tienen prisión preventiva aún no están condenados y a diferencia de ellos, la ley no impone ninguna condición.

El artículo 294 del Código Procesal Penal de Mendoza tras poner en el 293 las condiciones por las cuales el sospechado de un delito irá preso o quedará en libertad, indica que se podrá aplicar la prisión domiciliaria.

"Si se acreditó que no existe riesgo procesal (de fuga o poner en peligro la investigación, entre otros), la defensa podrá solicitar la detención domiciliaria o podrá acordarla con la fiscalía", reza palabras más palabras menos el citado artículo.

Y no impone más condiciones al respecto dejando a los jueces toda la discrecionalidad para que evalúen el caso en particular que es para lo que se resguarda este tipo de régimen.