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Domingo 18 de Diciembre de 2011

Soñada (y llorosa) luna de miel

Primera semana a full de Paco Pérez como gobernador, que empezó con la renuncia de Frigerio a Irrigación y culminó con la generosa visita de Cristina.

Andrés Gabrielli

El peronismo mendocino, en su primera línea, está conformado desde hace cuatro años por hombres que lloran. Muchas veces, a moco tendido, según evidenció la visita presidencial del viernes.

El llanto, en estas circunstancias, no tiene nada de malo. Es una señal de sensibilidad, de portar un corazón tierno; en fin, una señal de humanidad en un mundo tan ventajero y despiadado como el de la política.

Pero hay llantos y llantos. No todos son iguales ni responden a idénticas motivaciones.

En el sollozo del pejotismo menduco se observan, grosso modo, tres grandes vertientes.

Están el llorar Jaque, el llorar Adaro –resultó fundacional– y el llorar Pérez.


El estilo Celso
El llanto que brota del ex gobernador Celso Jaque resulta el más conmovedor de todos. Es agradecimiento puro, entrega. No exige contraprestación alguna ni se rige por una actitud mendicante.

El estilo Celso, en este caso, obedece a las reglas del vasallaje, en el sentido más noble del término. Vasallaje es el que tenían, por ejemplo, los valientes caballeros medievales respecto de su soberano.

El conde Roldán, pongamos por caso, paladín de uno de los romances más antiguos de nuestra cultura, expresaba su fiel vasallaje hacia el emperador Carlomagno.

Jaque entiende de esta manera su devoción rendida por Cristina, luz de sus ojos, tul de su alma.


El estilo Marito
El llanto de Mario Adaro, tanto en su etapa al frente de Gobierno como, ahora, de ministro de la Corte, produce una sensación muy distinta.

No hay congoja ni desmayo en él. Tampoco sumisión.

Adaro llora porque está feliz. Es la expresión desatada del cachorrón al que le permiten entrar a la cancha para jugar el partido de su vida.

Un símbolo de lozanía, de vitalidad, de militancia ardorosa, de bandera al viento desplegada.


El estilo “Paco”
Francisco Pérez, el gobernador, no llora tupido en estos días por agradecimiento a un numen superior ni por entusiasmo juvenil.

Paco moquea por conciencia cabal de encontrarse en una instancia histórica. Lo embarga la emoción anticipada de las epopeyas con las que sueña.

Es el más ambicioso de todos los gemidos y el que se proyecta con fuerza hacia el futuro. Por eso cuando piensa en quienes lo rodean en cada ceremonia inaugural, así sean su familia y sus amigos como su flamante equipo de gobierno, se siente un capitán en marcha hacia el objetivo.

Jaque busca servir; Adaro, abrazar la causa; Pérez, trascender, llegar al bronce.


Luna de miel vs. luna de hiel
Entre las ambiciones de Pérez y las de Jaque media un abismo.

El malargüino, desde que asumió la gobernación cuatro años atrás, se definió como un humilde peón del tablero político (una ranita Ping, textualmente) en procura de reconocimiento social.

Eso explica por qué ingresó a la función con la cabeza gacha y provocando más desilusión que fervor en sus primeros pasos.

No tuvo, por lo tanto, la casi obligatoria luna de miel que gozan todos los mandatarios nuevos. Su luna, como dijimos, fue, hasta el final, luna de hiel.

Pérez, en cambio, ha irrumpido con otros ímpetus y otras ínfulas. Empezó a tomar decisiones de gobierno incluso en plena campaña electoral y, luego, una vez elegido, durante el período de transición.

Debutó, pues, con el motor a full, acelerando.

No fue casual, entonces, que en ésta, su semana del debut como gobernador, haya tenido una luna de miel soñada.

Lo que se dice entrar con el pie derecho.


Marcando, de entrada, la cancha
La primera conferencia de prensa de Paco Pérez, apenas instalado en su despacho del cuarto piso de la Casa de Gobierno, fue una clarinada: el anuncio de la renuncia de Eduardo Frigerio como superintendente de Irrigación.

Se sacaba una espina de encima, pero a la vez demostraba muñeca política y capacidad de conducir los enmarañados intereses de la interna partidaria. Esto último se redondeaba con la conformación, muy personal, muy a su gusto, del equipo ministerial.

Otro hito fue su visita al Pozo de Godoy Cruz para verse cara a cara con el estatus de la basura.

“Era una decisión de alto riesgo”, admite uno de sus ministros de confianza. “Nosotros mismos, en el gabinete, estábamos llenos de aprehensión y de interrogantes”.

Pérez llegó, enfrentó reclamos urgentes y revirtió una hostilidad inicial de los moradores de la zona por un diálogo hilvanado sobre propuestas. A su lado estuvo, en todo momento, Alfredo Cornejo, intendente de Godoy Cruz y, hoy, jefe de la oposición.

Nada podía resultar más virtuoso en términos de convivencia política.

El arribo de la Presidenta, el viernes, a San Rafael, pletórica de promesas, de “regalos” y de elogios, fue la frutilla de un postre que se completará, mañana, con la convocatoria a la totalidad de los legisladores nacionales por Mendoza.

La cara de Paco Pérez, soleada, festiva, amplia en su receptividad ante Cristina, era la de un novio en el cenit de su luna de miel.


Las púas de Cristina
Cristina Fernández vino nuevamente como hada madrina, pero, fiel a su estilo, dio algunos latigazos que quedaron picando.

A Jaque, por ejemplo, lo hizo llorar copiosamente recordándole fidelidades del pasado. Pero lo tildó de ex vicegobernador.

Y a la firma Bianchi le concedió el obsequio regio de promocionarle la champañera, pero clavándole, al mismo tiempo, dos estacas ardientes.

En pleno templo del vino hizo repetida alusión a la Coca Cola para graficar las bondades de los envases de vidrio respecto de los de plástico.

Curiosa manera de defender la producción nacional mentando a un símbolo máximo del poder transnacional como la Coca Cola.

Hubo más. Con la familia Bianchi delante, Cristina derramó una catarata de elogios hacia el millonario proyecto minero de la brasileña Vale para extraer sales de potasio en Malargüe.

Es conocida en el ambiente la férrea postura antiminera de Ricardo Stradella Bianchi, uno de los principales accionistas de Casa Bianchi, quien ha tenido no pocas discusiones con sus pares en diversas entidades empresariales por este tema. Hasta tal punto se lo considera un referente fundamentalista, que hay una costumbre folclórica entre los mineros: nunca, a la hora de brindar, se descorcha una botella de Bianchi.

Paco Pérez, al igual que Jaque, aplaudió cada una de las ocurrencias de Cristina: sobre la Coca Cola, sobre Vale, sobre las botellas de vidrio, sobre Julio Cobos, sobre Viti Fayad.

Pero algo de su sonrisa se le habrá congelado por dentro. En algunos de esos puntos, como el de la minería, se halla totalmente a mitad de camino, en una ambigüedad desconcertante.

Ninguna luna de miel es perfecta, salvo en Hollywood.
 

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