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Domingo 04 de Diciembre de 2011

Toby espera a la sombra

Es un perro mestizo que vive en el cementerio de Rivadavia desde hace siete meses, cuando su dueño y compañero de ruta fue sepultado. Crónica de un lazo afectivo que parece no tener fin.

Enrique Pfaab
epfaab@diariouno.net.ar

RIVADAVIA– Por los dientes uno puede calcular que tiene dos años, quizás dos. Salvo que haya algo en particular que le llame la atención o que haya un motivo específico que despierte su inquietud, prefiere tirarse a la sombra. Y no hay sombra más fresca que la de un cementerio.

Toby es negro. Mestizo, pero con indudables genes de cocker spaniel. Con desconfianza acepta alguna caricia. Prefiere mirar de lejos al humano. Pero no siempre fue así. Hasta hace poco fue el fiel compañero de Juan Carlos Ferreyra, un trabajador que lograba su sustento con algunas changas. Montaba su bicicleta y, con Toby corriendo a su lado, recorría la ciudad en busca de algo que hacer y ganarse dignamente algún Belgrano, a veces un Rosas, casi nunca un Sarmiento y menos un Roca.

Cuentan que nunca se separaba de su dueño. Uno trabajaba y el otro esperaba en la puerta de turno. Después emprendían el regreso juntos, juntos comían y también juntos se tiraban a descansar. Porque sabido es que los humildes no se acuestan, simplemente se tiran.

Todo cambió hace siete meses. El 6 de mayo Ferreyra no se levantó. Nunca más. Sus sufridos 55 años de vida le pasaron factura. Fue un velorio simple y un cortejo breve. Toby corrió junto al coche fúnebre. No le costó mucho esfuerzo, ya que iba a la misma velocidad que la bicicleta de su patrón.

“Ese día tuvimos que poner el féretro en el depósito, porque había que preparar la tumba en donde ya estaba ubicado uno de los hijos del fallecido”, contó Juan Carlos Videla, encargado del cementerio local.

Después del responso todos se fueron, menos Toby. Los deudos quisieron cargarlo en un auto, pero el choco les gruñó y después corrió a ocultarse.

“Cuando todos se fueron se tiró en la puerta del depósito y se quedó ahí. Al día siguiente preparamos la fosa 49, del cuadro 6, de la sección Común Adultos, y trasladamos el féretro. El perrito nos siguió y esperó a que termináramos el trabajo. Se quedó un rato junto a la fosa y después volvió, desesperado al depósito. Hizo ese recorrido casi todo el día. Ida y vuelta. Siempre corriendo”, recordó Videla.

Pasó el tiempo. Siete meses pasaron.

Pese a que muchos se preocuparon por Toby y quisieron darle un hogar de vivos, el perro prefirió quedarse cerca de su patrón muerto.

El cronista quiso saber cómo había sido la vida de Juan Ferreyra y de su perro y buscó entre los registros del cementerio.

En una de las casas de la manzana F del barrio Inmaculada Concepción dijeron que los deudos se habían mudado a una vivienda de la manzana A del barrio Costa Canal. Allí aseguraron que los dolientes también habían partido hacia una casa del bajo, cerca del río. Y allí el rastro se perdió. La vida pasada de Juan y su perro se reconstruye sólo con los relatos de algunos vecinos de la ciudad, aquellos que los veían pasar todos los días.

Toby parece cómodo en el camposanto. Está bien alimentado, camina libre entre las tumbas y elige la sombra entre dos mausoleos para tirarse a dormir un rato.

Normalmente es un perro tranquilo, pero cuando llega un cortejo se pone inquieto y corre hacia el mismo.

Se mete entre la gente y los olfatea. Revisa también el coche fúnebre. Después vuelve a buscar el fresco, hasta que llegue el próximo cortejo.
 

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