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Lunes 19 de Diciembre de 2011

Un día antes de los alegatos el único acusado del crimen de Mayra insistió en su inocencia

Luis Martínez se sentó frente a los jueces y les habló durante una hora y media. Volvió a decir que no sabe nada del asesinato y violación de la chica y que en la siesta del 25 de marzo de 2009 estaba cosechando.

Por Enrique Pfaab

SAN MARTÍN – Los tres jueces caminan incómodos por estos días. Sus zapatos son un par de números más chicos. Para colmo son demasiado cerrados para semejante calor. Por eso nadie quiere sus calzados. Podrán envidiar sus ingresos, pero no sus zapatos.

Este lunes Luis Martínez se sentó frente a ellos y habló durante una hora y media. Volvió a decir que no sabe nada del crimen, que es inocente y que en la siesta del 25 de marzo de 2009 estaba cosechando. Que cuando violaban y asesinaban a Mayra Tarifa (15) en Barriales, el corría por las hileras con un tacho al hombro en una finca de Rodríguez Peña.

A los camaristas Eduardo Orozco, Salvador Arnal y Jorge del Pópolo los pies les dolieron como nunca. El futuro de ese muchacho delgado, de hablar pausado y con mirada inescrutable, depende de ellos. Deben decidir si este hombre de 27 años pasará la próxima navidad con su familia o deberá esperar 25 años.

Este martes el fiscal Juan Manuel Bancalari alegará que Martínez es uno de los homicidas de Mayra Tarifa. Dirá que el muchacho esconde, detrás de esa aparente tranquilidad, de su confesa castidad y de su fe religiosa, a un cruel violador y asesino. Que no tuvo empacho en pergeñar el crimen, en pedirle colaboración a dos conocidos para cometerlo y tampoco en arrojarla moribunda a un canal de riego. Dirá que ese 25 de marzo este muchacho, en apariencia inofensivo, cometió uno de los asesinatos más sanguinarios en la historia judicial del Este mendocino.

Después alejará el defensor Raúl Ricardo Sánchez, quien sostendrá una postura diametralmente opuesta. Dirá que Martínez estaba cosechando ese día, que su auto jamás pudo haber sido utilizado para el crimen porque estaba en el taller de un chapista y que no hay una sola prueba indubitable para comprometerlo en el crimen.

Los alegatos servirán solo para ordenar las decenas de testimonios escuchados durante cinco semanas. Pero solo eso. A esta altura los tres jueces, en su interior, ya tienen una posición tomada. Por eso los zapatos les aprietan.

Más allá de sus conocimientos jurídicos, apoyarán sus criterios en sus respectivas conciencias. Deberán discernir si el estado de inocencia del imputado ha desaparecido totalmente o si queda todavía al menos un vestigio de él que le permita recuperar su libertad.

Esos zapatos blandos, suaves, negros, sin rastros de polvo de los jueces de Cámara, se han transformado en pesados borceguíes dos números más chicos. Son molestos, incómodos y amenazan con provocar llagas incurables. Por eso nadie los quiere.

 

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