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Domingo 20 de Noviembre de 2011

Una primavera de amor y paz

Primero, Pérez y los intendentes radicales; luego Cornejo y Abraham han gestado un inédito clima de convivencia. Que sirva para mejorar la política.

Andrés Gabrielli

Los efluvios de la primavera mendocina se han hecho sentir de manera beatífica en la política.

Hacía años que en el país crispado no reinaba un período tal de convivencia y de buenos modos que, de continuarse en el tiempo, podría contagiar positivamente a la sociedad.

Es una rareza local. No refleja el contexto nacional, donde hoy por hoy es imposible generar un clima de tolerancia y diálogo entre las distintas fuerzas por la sencilla razón de que la oposición casi no existe. ¿Con quién acordar salvo en ámbitos muy reducidos y en torno a intereses muy puntuales?
En Mendoza la situación es diferente. Pese a haber perdido, el radicalismo se mantiene en pie con una presencia considerable y respetable en el territorio.

Además, la UCR tiene responsabilidad adicional: ha quedado prácticamente en soledad como contrapeso del poder. Los demócratas representan sólo grupúsculos aislados de resistencia que, encima, no dejan de pelearse fieramente entre sí.


La mano extendida de “Paco”
Se ha llegado a la presente circunstancia de distensión, tras una campaña áspera, gracias a la templanza de los líderes que fueron ratificados en las urnas.

En primer lugar, cabe subrayar la responsabilidad del nuevo gobernador Francisco Pérez, quien en el fragor de batalla electoral nunca le buscó el lado del cuchillo al adversario. Se esforzó en todo momento por mostrarse parco, distendido, sembrador, pese a su carácter volcánico y a los ataques frontales e incisivos de su principal adversario, Roberto Iglesias.

Lo logró antes de la votación y lo ha mantenido tras la victoria. No se le subieron los pájaros a la cabeza. No le agarró un ataque de soberbia e infatuación.

Tal actitud le permitió iniciar, de menor a mayor, un fluido coloquio con sus propios compañeros, a quienes debía domarles esa ansiedad por devorarse todo que da el triunfo.

Luego extendió las consultas a los referentes del radicalismo que se salvaron del naufragio, o sea, a sus cinco intendentes. Cada uno de ellos se mostró sinceramente agradecido por el gesto. “Lo esperábamos desde hace tiempo. Jaque no nos daba ni la hora”, fue el mensaje promedio, salvo en el caso de Fayad, de afectuoso maridaje con Cristina y con Celso.

Radicales con los brazos abiertos
La actitud de los caciques radicales fue similar a la de Paco Pérez. Podrían haberse arrebujado en la bronca y el resentimiento, pero optaron por el mejor de los caminos: aceptar la mano tendida y mirar hacia adelante.

Nada refleja mejor esta coyuntura primaveral de maduro entendimiento que un hecho, en apariencia menor, pero de larga reverberación simbólica.

El intendente de Godoy Cruz, Alfredo Cornejo, invitó a su par de Guaymallén, Alejandro Abraham, saxofonista él, a participar con su grupo rockero Raivan Pérez de la próxima Fiesta de la Cerveza.

Se trata de dos caciques departamentales. De dos férreos competidores políticos con posibilidades, incluso, de aspirar en el futuro a la gobernación. Y encarnan la nueva conducción partidaria, Cornejo, como presidente de la UCR; Abraham, del PJ.

De este modo, ambos vienen de replicar una magnífica muestra de apertura mental y política que tuvo lugar esta semana, cuando el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, asistió a la representación de la obra Illia a cargo de Luis Brandoni, en un Teatro Argentino de La Plata atestado de radicales.

Brandoni señaló que la de Scioli era una demostración de “enorme espíritu democrático”.


La gran oportunidad

Esta posibilidad de estrecharse las manos y sentarse a dialogar que están mostrando peronistas y radicales trasciende la anécdota simpática.

Podría estar colocando los cimientos de un gran cambio para la política vernácula, siempre y cuando no dejen pasar la oportunidad.

¿Por qué? Porque la política mendocina viene sufriendo una lenta pero inexorable decadencia. La mediocridad, la miopía, el salvarse solos a cualquier precio han dejado a los políticos locales en desventaja respecto de otras provincias y, fronteras adentro, a merced de todas las corporaciones, siempre a la defensiva. Y con un derivado que es aún peor: sin capacidad ni voluntad alguna de fomentar ni una sola política de Estado.

Nuestros políticos, por pujar entre ellos de manera fratricida, no consiguen siquiera modificar un ápice la Constitución para mejorarla; ni modificar, aunque sea mínimamente, la estructura del Estado para hacerlo más eficiente, ágil, moderno y competitivo, al servicio del ciudadano y no de la burocracia.

Es por eso que hoy el Estado provincial se ha tornado inviable. Paco Pérez lo sabe. Sabe que tiene la soga al cuello, con números en rojo que lo condicionan seriamente. Hasta tal punto, que no se atreve a proyectar alguna obra pública de relevancia para su primer año de gestión.

Los caciques radicales son conscientes también.

Tienen una oportunidad de oro para cambiar la historia, si logran acordar en los temas de fondo y dejan la necesaria competencia entre ellos para la instancia episódica, meramente coyuntural.


Los riesgos están adentro
¿Cuál es el mayor riesgo que amenaza a esta primavera política? Paradójicamente no anida en las cabezas conductoras de cada partido, sino en el seno de los mismos.

El peronismo, que es por naturaleza una maquinaria de poder, se halla en plena puja intestina, mientras se efectúa el cambio de mando entre Pérez y Celso Jaque.

La pelea mayor es entre las huestes “jaquistas”, que representan Abraham y el lasherino Rubén Miranda, y el sector azul, que comanda, históricamente, desde Buenos Aires, el multioperador Juan Carlos Chueco Mazzón.

La cinchada, como viene, amaga con amargarle la transición a Pérez. Vale un solo ejemplo: los azules, con tal de no dar el brazo a torcer, se han abroquelado en Irrigación y se niegan a entregar la cabeza de su cuestionado titular, Eduardo Frigerio.

En cuanto a los radicales, si bien no están estrenando gobierno, buscan resetear su centenario partido para que no muera de muerte natural.

¿Resultado? La convención nacional terminó a la piñas, con los viejos dinosaurios manteniendo un poder de fuego capaz de trabar los cambios necesarios.

En Mendoza, mientras tanto, pese a que el partido está vivo, las diferencias son irreconciliables.

Sus dos cabecillas, Cornejo y el capitalino Víctor Fayad, no terminan de entenderse ni tiran juntos. No lo harán tampoco en el futuro. Está visto: no lo harán nunca.

Y los demás intendentes de “tierra adentro”, Abed, Pinto y Mansur, tienen por costumbre trazar su propio derrotero que, a veces, suele conducir al desierto, como ya lo comprobó el derrotado Eduardo Giner en Tunuyán.

Hay una primavera, pues.

También amenazas de Zonda y de granizo.

Si estas últimas fuerzas disolventes vuelven a imponerse, la política mendocina, que debiera estar mirando la crisis mundial, habrá dado otro paso hacia el abismo.
 

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