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Jueves 01 de Septiembre de 2011

Vive en una cueva en Tunuyán

Julio Luzuriaga

TUNUYÁN– Jesús Neri Anzorena es un joven de 21 años, huérfano, con un retraso mental leve que vive en una cueva de tosca a orillas del río Tunuyán, detrás del predio del Festival Nacional de la Tonada. Sus mantas son bolsas de nailon y su vida un vía crucis que parece no tener fin. Ajeno a su realidad, este joven niño sólo anhela cumplir la promesa que le hizo a su madre fallecida hace cuatro años: “Ser un corredor de carreras de caballos”.

Una vez más, la realidad superó a la ficción y así lo demuestra el caso de Jesús, “el chico de la cueva”. Nadie puede determinar a ciencia cierta cuánto tiempo lleva viviendo en ese hueco de tosca ubicado en un acantilado a orillas del Tunuyán, detrás del anfiteatro donde en febrero de cada año se festeja el Festival Nacional de la Tonada.

En esa cavidad de medianas dimensiones, el hogar de este paria, su cuerpo entra de manera ajustada en la hendidura que le da cobijo cuando necesita protección.

En las inmediaciones de la cueva, las piedras prolijamente colocadas junto a los árboles y los rezagos de las hogueras dan cuenta de las horas que este chico pasa en ese lugar que ni siquiera el más tremendista podría imaginar que es el hogar de un humano.

Amaneciendo:

El miércoles, cerca de las 11.30, Jesús se desperezó y poco a poco fue sacando sus piernas del interior de una bolsa de nailon y, tras quitarse otra que le cubría parte de la cabeza y el torso, salió de la cueva, mientras se rascaba los ojos como un acto reflejo que a diario busca espantar los fantasmas de carne y hueso que lo confinaron en el interior de ese hueco.

Desentendido de la situación que atraviesa, comentó que lleva un tiempo en ese sitio y que come y se viste gracias a las cosas que la gente le da en el centro.

Para higienizarse –un poco– se dirige a las instalaciones del predio de la Tonada, donde además en este invierno buscó refugio para hacer frente a las nevadas. Varias veces durmió dentro de los hornos de barro donde en otra época del año se preparan las empanadas y carnes para servir a los visitantes.

Sus padres murieron hace unos cuatro años. Tiene un hermano mellizo, Alejandro, quien vive junto con su familia en la casa paterna de Jesús, en el callejón del Tiro Club de la ciudad cabecera. Además, sus abuelos residen en Cordón del Plata (Tupungato) y una tía vive en la zona del puente del río Tunuyán. Tiene además otros tres medio hermanos.

La promesa a su madre:

“No quiero vivir con mi familia”, dijo el joven que, según un informe psiquiátrico de febrero de este año, padece una deficiencia mental moderada con incapacidad de moverse sin apoyo y problemas en el habla.

“Una de las cosas que más deseo, aparte de tener mi casa, es cumplir una promesa que le hice a mi mamá cuando estaba viva. Le prometí que iba a ser corredor de carreras de caballo”, contó emocionado mientras temblaba por el frío de la noche aún firme en los huesos.

“Yo tenía una yegua que se llamaba Gegenita, era mía y de mis papás (Irma y Diano)”, recordó el joven niño.

En ese lugar regado por la hoy baja corriente del río Tunuyán, Jesús se las ingenió para crear una moto sobre el retorcido tronco de un árbol donde en sus momentos libres juega a ser un osado motociclista.

Si bien iba a la escuela cuando su madre vivía, no sabe leer ni escribir y en sus bolsillos ni siquiera lleva el Documento Nacional de Identidad, que perdió hace un tiempo.

Hincha de Boca, aseguró que tiene muchos amigos que lo ayudan –lo llaman Cabezón– y confió que su plato favorito son los ñoquis.

Relajado, contó que de la cueva lo que más le molesta es la tierra suelta. “A veces me da miedo de que se caiga”, dijo teniendo en cuenta a que a los pocos metros hubo un desmoronamiento de tosca.

En su mente los recuerdos tienen un lugar especial y a menudo va al cementerio para visitar la tumba de su madre y la de un amigo que perdió en un accidente de tránsito. Entre sus deseos más fervientes está el de conseguir un trabajo como mozo o “como limpiapisos en una pizzería”, aseguró.

 

 

En búsqueda de un sueño:

Podrán realizarse las más variadas lecturas en pos de descubrir quién es el responsable de este caso increíble, pero lamentablemente cierto.

Esta nota no busca hallar en lo inmediato a uno o más responsables, sino encontrar una urgente solución a este vergonzante caso que tiene como víctima a un deficiente mental moderado de 21 años, Jesús, “el chico de la cueva”.

Llegar en la fría mañana a orillas del río, caminar varios metros por polvorientos senderos y encontrar a Jesús dentro de un hueco en la piedra, somnoliento, tiritando, tendido en medio de bolsas de nailon –su abrigo– rompería en pedazos el corazón de cualquiera. Pero más allá de eso me obliga a una reflexión como socio de esta sociedad, desinteresada en muchos aspectos, sorda, ciega y muda en otros tantos que avergüenzan y nos exigen clamar a los cuatro vientos una oportuna respuesta y las ineludibles explicaciones de quienes, en su mera condición humana, están obligados a darlas.

Todo esto en búsqueda del sueño de una sociedad más justa y responsable.

Las trabas de la familia:

El caso de Jesús Anzorena tiene su primer registro judicial en 2001. Un expediente fue tramitado en el Primer Juzgado de Familia, a cargo de María Lizán, en la prosecretaría de Marlem Guisasola, según informó la titular del área municipal de Planificación y Gestión Social, Amalia Lázaro.

La funcionaria comunal aseguró que en febrero de este año se encargaron del tema de Jesús, pero han encontrado muchas trabas desde el entorno familiar del joven para poder dar una solución final al tema. Jesús estuvo internado en un hogar de menores de Vista Flores, pero salió cuando le otorgaron el egreso protegido. También le dieron un lugar en uno de los edificios del predio del Festival de la Tonada, pero duró allí poco tiempo.

Lázaro señaló que “la única solución posible está en manos de la Justicia, que debe ordenar la internación de este joven”, pero agregó que “el Estado mendocino no cuenta con un lugar donde hacerlo, sólo existen privados”.

“Si su familia tramitara una pensión para Jesús, con ese dinero se podría pagar la internación”, analizó la funcionaria.

Lo cierto es que día a día la realidad castiga a este joven marcado por el olvido de muchos y condenado a un diario trajín de peripecias para al menos poder llevarse algo a la boca antes de entrar en la cueva, hasta hoy su lugar en el mundo.

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