Domingo 25 de Noviembre de 2018

Una pintora local, unió Mendoza y EEUU

Gabriela Bianchi, artísta plástica.

Gabriela Bianchi tiene 46 años y dos hijos adultos, de 26 y 23 años. A pesar de que el arte había sido parte de su vida –estudió, siendo niña, en un taller de expresión en el que tenía diversas actividades creativas–, se decidió por la maternidad muy joven y se volcó a carreras que no tenían relación directa con lo estrictamente pictórico. Estudió profesorado de Nivel Inicial y Diseño de Interiores.

Se desempeñó diez años en un estudio de arquitectura, pero hubo una experiencia que la marcó y la ayudó a decidir que lo que en verdad tenía que hacer era tomar un lienzo, un puñado de pinceles y pinturas, y ponerse a trabajar.

Así lo hizo: dejó su antiguo trabajo y comenzó un camino nuevo, en el que la pintura fue su motor y su motivación diaria.

Algunos días atrás, Gabriela vivió una experiencia de intercambio en la ciudad de Nashville, capital del Estado de Tennessee, Estados Unidos. Esta ciudad se considera "ciudad hermana" de Mendoza –por un convenio que se firmó hace muchos años entre ambos territorios, auspiciado por la ONG Sisters Cities– y existe la posibilidad de llevar adelante estas acciones en conjunto.

En este contexto, la pintora mendocina fue invitada y vivió una experiencia única, con un grupo de artistas alemanes. En esta entrevista con Diario UNO, Gabriela desanda el camino que la llevó desde su profesión de diseñadora y maestra jardinera, a la pintura y al arte como medio de vida.

–¿Cómo descubriste tu vocación?

–Siempre me gustó dibujar, mi abuela era pintora. De chica, mi mamá me mandó a un taller de expresión, en el que tenía música, pintura y literatura.

–¿Estudiaste arte?

–Empecé Arte en la UNCuyo, pero no me enganché con la estructura. Después decidí estudiar maestra jardinera y Diseño de Interiores.

–Pero la cuestión artística seguía latente.

–Hacía algunas cosas, no tanto. Me dediqué a estudiar y me recibí de diseñadora de interiores, trabajé diez años con una amiga arquitecta, en un estudio. Después de un viaje de trabajo de mi esposo, en el que nos fuimos a vivir a Dubai y a Barcelona, volví y decidí que el trabajo que tenía antes no era para mí y encaré una búsqueda personal. Mis hijos ya eran más grandes y pude hacerlo.

–¿Y cómo fue esa búsqueda?
–Conocí a Alberto Thormann, mi gran maestro y amigo. Ahí despegué. Descubrí que esto era lo que amaba y a lo que me quería dedicar. Encontré mi estilo particular, en el que predomina el color. Alberto fue una persona sumamente generosa, que es una característica difícil de encontrar entre los artistas. Te enseñaba lo que él estaba haciendo, cómo lo hacía, qué técnicas utilizaba, no había secretos.

–¿Qué fue lo que más te aportó trabajar en su taller?
–Principalmente, fue una experiencia muy inspiradora estar en donde él trabajaba y tenía sus cosas. Ahora allí trabaja su esposa –la artista plástica Alejandra Civit– con la que estamos haciendo algunas cosas de cerámica y también es amiga. Ella siguió después de que él falleció.

–¿Cuándo considerás que comenzó tu carrera artística?

–En el 2014, cuando hice mi primera exposición, Alberto me dijo: "Ya estás lista para mostrar tu obra. Esto hay que compartirlo, mostrarlo". Me fui animando y presentando en distintos eventos y ferias, y seguí haciendo muestras.

–¿Qué significó la muerte de Thormann para vos?

–Fue un desafío muy grande, éramos muy amigos. Después fue mi maestro. Él me impulsó a volcar todo lo que tenía, a descubrir qué era lo que me gustaba hacer y a decidirme a hacerlo como un laburo.

–¡Qué bueno poder descubrir esto, aunque una ya sea grande!
–Fue un poco jugado en un comienzo, porque yo tenía una vida que tuve que rearmar. Volví del viaje y me animé a hacerlo. Mi marido me apoyó. Le dije que me bancara un tiempo porque ya no seguiría con mi trabajo y estuvo de acuerdo con esto.

–¿Barcelona te influyó, te inspiró?
–Terriblemente. Fue increíble. Por primera vez estaba en los lugares que había estudiado en la facultad, que había visto en fotocopias y ahora estaban ahí adelante mío. Mis hijos estaban desorientados, porque lo que veía me largaba a llorar. Me pasó cuando conocí la casa Batlló de Gaudí. El tiempo que estuve ahí me cambió la cabeza.

–Cuando viajás, ¿notás las diferencias entre la valoración que el arte y los artistas tienen en otros países y la que tienen en Argentina y puntualmente en Mendoza?

–Sí hay diferencias y es cierto que en Mendoza hay muchos y buenos artistas nuevos, y algunos más grandes y desconocidos, y que se hacen muchas cosas, pero las que trascienden son las de un pequeño círculo. Muchas personas que tienen iniciativas propias alucinantes, muy creativas. Lo que sucede es que están dispersas. No es un colectivo de gente, sino que se trabaja en forma aislada.

–La experiencia de Nashville. ¿Cómo fue que llegaste a hacer ese intercambio?

–Me enviaron un mail con una invitación de una ONG denominada Sisters cities.

–¿Cuál es el objetivo de esta organización?
–Su meta es la de generar conexiones entre las personas, a nivel global y que entre ellas compartan una experiencia de trabajo. Se buscan ciudades que en el mundo sean hermanas, para realizar esta experiencia. Yo viajé para esto a Estados Unidos, invitada por la ONG.

–¿Fue una especie de certamen artístico?

–No, fue un intercambio cultural en el que yo iba a quedarme con una familia de lugareños, que me hospedaron, me trataron cariñosamente, me abrieron las puertas de su casa. Paralelamente, la organización me pagó todo, viaje, estadía, comida y hasta los materiales para realizar mis trabajos. También hubo un cronograma de charlas y eventos, y todos los artistas que participábamos donamos una obra para subastar.

–¿De qué manera te enteraste de esta posibilidad?
–A través de un amigo de mi marido, que fue el que hizo hace mucho tiempo el contacto entre Mendoza y Nashville, como ciudades hermanas. Tuve que presentar currículum y mis trabajos, y me los aprobaron. Trabajé con artistas alemanes que fueron a hacer la misma experiencia que yo. Fue realmente enriquecedor.

–¿Qué fue lo que te trajiste de esa experiencia?
–Muchísimas cosas. Digo que el alma no me entra en el cuerpo de lo feliz que me hizo haber participado en este intercambio. Con la gente de Alemania, pintamos un mural en la entrada de una casa, y los niños y vecinos que se querían sumar podían hacerlo. Terminamos pintando colectivamente.

–¿Está la posibilidad de hacer la misma experiencia en Mendoza?
–Por supuesto que sí, es una cuestión de decisión a nivel institucional. La gente está totalmente abierta a este tipo de experiencias que resultan inolvidables.