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Domingo 21 de Octubre de 2018

Conocé la plataforma que te da un millón de dólares por cambiar el mundo

Cada año se lanza un reto para que jóvenes de todo el mundo encuentren solución a un problema social y compitan por la importante suma de dinero.

Cada año se lanza un reto para que jóvenes de todo el mundo encuentren solución a un problema social y compitan por un millón de dólares.

"Lo que estos chicos no saben es que su vida va a cambiar después de esto", me dijo Ahmad mientras comíamos en un castillo a las afueras de Londres. Cada año en este lugar, más de 200 jóvenes desarrollan proyectos que buscan generar un impacto positivo en el mundo. Después de seis semanas, el equipo ganador viaja a Nueva York, donde recibe un millón de dólares para fondear su proyecto. Los chicos no superan los 25 años.


En 2010, Ahmad Ashkar y el empresario sueco Bertil Hult fundaron el Hult Prize, el programa para jóvenes emprendedores más grande del mundo. En 2012, el expresidente de los Estados Unidos Bill Clinton mencionó en TIME Magazine al Hult Prize como una de las ideas que están cambiando al mundo para bien.

Cada año se lanza un reto: resolver algún problema social —elegido por Clinton— como desempleo, seguridad, acceso al agua, energía o educación, para que jóvenes de todo el mundo encuentren una solución y compitan por un millón de dólares para desarrollarla. En colaboración con Hult International Business School, Education First —ambos de la familia Hult— y la Organización de las Naciones Unidas, lo que buscan es sencillo: nuevas ideas, nuevos modelos de negocios, nuevas tecnologías y nuevos talentos.


Ahmad Ashkar tiene 35 años. Es un hombre guapo cuya ropa no muestra ni una arruga. Cuando hablamos era mediodía y unas horas antes acababa de bajar de un avión que despegó desde Texas, donde vio una impresora 3D construir una casa, según me contó mientras comía una selección de verduras, carnes frías y mariscos, con una rapidez mayor a la mía.

Ahmad viajó a Berkhamsted para revisar el avance de las 42 startups conformadas por casi 200 estudiantes de todo el mundo. Cada año, los chicos seleccionados pasan seis semanas en el castillo y trabajan en sus proyectos, mientras reciben asesoramiento de mentores de distintas ramas para poder lograr que sus iniciativas generen un impacto y sean redituables económicamente. Al concluir las seis semanas, seis finalistas viajan a la Semana de las Naciones Unidas en Nueva York donde se nombra a un ganador, quien recibe un millón de dólares para desarrollar su proyecto y cambiar el mundo.

"Espero que te contagies de la energía de estos chicos", me dijo Ahmad mientras dejaba cubiertos en el plato vacío.


Después de un viaje en tren desde el centro de Londres, llegué a Berkhamsted, un pequeño pueblo ubicado a poco más de una hora de la capital británica. Tomé un taxi que manejó hacia las tripas del bosque y se movió por una angosta carretera de dos carriles rodeada sólo por árboles, donde cada ciertos kilómetros había letreros que piden a los conductores tener cuidado con los venados de la región. Minutos más tarde llegué a Ashridge House, un lugar impresionante cuya estratégica iluminación lo hace ver majestuoso bajó la oscuridad del bosque.

El Ashridge House es un castillo construido en 1823 que originalmente sirvió como monasterio. Actualmente es conocido por su belleza y es posible rentarlo para celebrar eventos, además que sus empleados presumen con orgullo las escenas de Harry Potter que fueron filmadas aquí y en el bosque que lo rodea.


En el castillo me recibió Nabilah, una joven de 23 años que trabaja para el Hult Prize desde México y quien fue mi anfitriona durante la semana que pasé ahí. Caminamos por los salones del castillo, vacíos por la hora, hacia la que fue mi habitación. "El desayuno se sirve a las siete de la mañana y después te llevaré a conocer los proyectos".


Al siguiente día desperté temprano y caminé por los jardines del castillo hacia el comedor. El lugar estaba vacío, a excepción de algunas trabajadoras de la mansión. Más tarde supe que, después de cinco semanas, los jóvenes compitiendo por el millón de dólares estaban cansados del full english breakfast —huevo revuelto, champiñones fritos, pan tostado, salchichas y judías con salsa de tomate— y ya ni se molestaban en despertarse temprano. Después del desayuno me serví una taza de café y caminé por los alrededores del castillo, donde estaban distintas oficinas destinadas a los equipos y sus proyectos.

A través de las ventanas pude echar un vistazo por primera vez a los jóvenes, quienes desde temprano ya se encontraban trabajando entre tazas de café y laptops. Caminé y mi curiosidad aumentó, ya que los competidores rondaban entre los 18 y 25 años, la media de edad siendo 23. No tenían horarios fijos o impuestos, tampoco alguien que los estuviera correteando para trabajar, más allá de sus ganas por crear algo tangible que ayudara y generara dinero.

Decidí sentarme en una mesa de picnic ubicada en el jardín del castillo. "¿Me puedo sentar aquí?", me preguntó una joven vestida completamente de negro, con una corona de flores sobre el pelo dorado y una computadora bajo el brazo. "Me llamo Sarah".


Sarah Pellerin es una joven franco-canadiense de 23 años. Junto a Judith Li y Ghalia Abdul-Baki, fundaron Lumbrick, una startup que convierte desechos orgánicos en combustible para cocinar, como reemplazo al carbón: es menos dañino para la salud, contamina menos y es más barato. Con una fábrica en Nairobi, Kenia, han comenzado a crear un impacto positivo en pequeñas aldeas y actualmente generan 10 mil dólares mensuales en ventas.

"Estuve en México el año pasado", me contó entre risas y como quien platica una travesura, confesó "me hice un tatuaje estando allá", y me mostró el dibujo de una carita feliz que se tatuó en la planta del pie durante una noche de fiesta. Como cualquier joven de 23 años, quiere divertirse y pasarla bien, a diferencia que entre sus metas se encuentran "cambiar el mundo".


Sarah nació cerca de París. Hija de madre canadiense y padre francés, creció con un pie en ambos países. "Eso me hizo darme cuenta de que había muchísimas cosas más allá de Francia", me platicó, "y el hecho de tener dos nacionalidades, me permitió sumergirme en ambas culturas".

De los cuatro a los 16 años, Sarah respiró gimnasia. Su sueño era competir en las olimpiadas. "Di mi todo", me dijo, "hasta que me lastimé gravemente". Tras un accidente fue sometida a varias cirugías y después de pasar algunas semanas en el hospital, tuvo que aprender a caminar nuevamente. "Todo mi mundo, mis sueños y lo que alguna vez me importó, quedó destruido".

A los 18 años se mudó a Canadá para estudiar y ahí se interesó por el Modelo de las Naciones Unidas. "Amo resolver problemas, viajar y conocer gente, y con Lumbrick puedo hacer eso. Quiero ayudar".


Más tarde, un joven con lentes y chanclas se acercó a mí. "¿Quieres platicar conmigo?", me preguntó, "me llamo Shitab". Decidimos caminar por los jardines del castillo.

Crecer en Bangladesh puede ser estresante para los jóvenes, me contó. "Hay un panorama muy competitivo ahí porque socialmente se espera que vayas a las mejores escuelas de negocios o ingeniería, y la competencia es una constante. Si haces menos de eso, te ven como un conformista".

Shitab Daiyan tiene 22 años. Nació en Bangladesh y estudió en Malasia. Forma parte de Impact Rays, un equipo que inventó un sistema inteligente de irrigación con energía solar para facilitar la agricultura de riego en Nigeria. De esta manera, buscan ayudar a los agricultores locales, que se quedan ocho meses sin trabajo cuando termina la temporada de lluvia.

Caminamos durante una hora por los alrededores del castillo, donde me confesó estar nervioso por la competencia.

Semanas después, Shitab y su equipo viajaron como parte de los finalistas a Nueva York para presentar su proyecto durante la Semana de las Naciones Unidas. No ganaron el millón de dólares, pero como me dijo Ahmad durante mi comida, sus vidas cambiaron por completo.

(Fuente: Infobae)

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