País
Domingo 14 de Enero de 2018

El Papa, a las puertas de una nación "ofendida"

Ya llega. La visita de Francisco a Chile permitió mejorar sustancialmente el paso internacional. Quedó en evidencia que se puede

Llegó el momento. Nada será más importante, en estos días, que la visita del Papa a Chile. Su presencia, ahí nomás, cerquita, cobra tanto sentido como su ausencia del pago natal.

Son dos signos de sentido contrario. Que se equilibran entre sí –se contrapesan– o, al revés, se anulan. Se esterilizan.

Presencia y ausencia.

Imposible analizar y experimentar el viaje de Francisco por fuera de estos dos ejes.

Presencia y ausencia.

La grieta. Otra vez.

Mal que le pese al propio Francisco.

No tiene cómo explicarlo. Convincentemente.

La lección que aprendimos
El arribo del papa argentino –el papa nac & pop– al país vecino es relevante no sólo por su carácter religioso, político, institucional y hasta afectivo, sino también por una cuestión logística.

Aumenta su trascendencia desde el punto de vista mendocino porque está poniendo a prueba, en su máximo nivel de exigencia, el Sistema Integrado Cristo Redentor.

Que es una columna vertebral para la economía y para la vida diaria de la provincia.

El resultado, hasta ahora, es altamente positivo.

Hubo sustanciales mejoras en la operatividad fronteriza, que son sencillas de comprobar: el año pasado, con menor tránsito en números absolutos, las demoras para los trámites aduaneros fueron desesperadamente mayores.

Punto a favor. Pese a todo lo que falta.

Dos cosas a destacar
La mayor fluidez conseguida en estas dos semanas en el viaje a Chile deja, hasta aquí, dos saldos favorables a retener:
1) Demuestra, palmariamente, que se podía mejorar. Que el callejón sin salida que nos mantuvo detenidos durante años obedecía a mala voluntad, a molicie o a ineptitud lisa y llana.

Es fundamental tenerlo presente para no aflojar y seguir alimentando el proceso ascendente.

La voluntad de ambos gobiernos nacionales ha sido clave. Sin ese aporte, no hay avance posible. Pero también interesa destacar la férrea voluntad puesta en esta cuestión por el Gobierno provincial y, como añadido determinante, el valor incalculable que significa tener de embajador en Chile a un funcionario de la talla de José Octavio Bordón, ex gobernador y ex embajador argentino en Washington, con un expertise y una agenda internacional difíciles de empardar.

2) El arribo del Papa motivó la presencia del ministro del Interior, Rogelio Frigerio, para interiorizarse personalmente de la problemática, sin intermediarios.

Fue un encuentro práctico, en el terreno, destinado a las soluciones y no a las declaraciones de compromiso, de esas que se hacen para quedar bien y tomarse luego el avión.

En ese sentido, por la temática puntual, resultó más provechoso el paso de Frigerio por la alta montaña que el del presidente Macri por el Sur, cuyas frases bienintencionadas ya eran conocidas.

"Hemos encontrado una gran desinversión en los pasos fronterizos. Hemos hecho muchas obras y cambios logísticos y por supuesto quedan muchas cosas por hacer y estamos trabajando para mejorar y agilizar, no sólo por una cuestión turística, sino porque por ahí pasa la producción de la Argentina y las exportaciones", dijo Frigerio bajo el cielo de Uspallata.

No hace falta agregar una coma más. Es todo cuanto importa.

Música para los oídos del Gobierno mendocino. Y de los otros gobiernos cordilleranos.

Los ofendidos
Un único adjetivo sirve para condensar el estado de ánimo de una considerable porción del pueblo argentino respecto de la conducta del Papa: ofendido.

"Estamos ofendidos", se escucha aquí y allá. Y desde bastante antes de que Francisco anunciara su paso por la geografía trasandina.

No hay ningún enigma para describir este sentimiento masivo. Ni se requieren especulaciones político-partidarias.

Francisco es argentino. Un número uno. Y como tal se lo espera, naturalmente, por el pago.

Del mismo modo que se espera a Maradona, a Messi o a Ginóbili para sumarse a la selección nacional.
Especialmente desde que el Papa se ha venido paseando sonriente, benévolo y comprensivo por buena parte de la América morena: Brasil (2013), Ecuador, Bolivia, Paraguay y Cuba (2015), México (2016) y Colombia (2017).

Su sexto peregrinaje a la región tendrá lugar la semana próxima. A Perú y Chile. En este último, estará a poco más de 100 kilómetros de nuestra frontera.

Tal cercanía, tal proximidad extrema es, quizá, lo que, hoy por hoy, más ofende.

¿Por qué pasar delante de nuestras narices y seguir de largo? Pregunta clavada, que salta sola, que araña, como un gato montés.

Hay ríos de opiniones sesudas para intentar una explicación que satisfaga mayoritariamente.

Suman sus voz teólogos, intelectuales, políticos, periodistas, operadores de toda laya.

El italiano Sandro Magister es un ejemplo, cualquiera, entre cientos: "Que el peronista Bergoglio no ame al liberal Macri no es un misterio. En buena medida es este desencuentro (...) el que disuade a Francisco de volver a su país natal, para provocar posteriores discordias".

Cientos de opinólogos. Pero ninguno consigue cerrar la brecha. Ninguno le pone el moño al misterio.

El mismísimo Papa, con apenas dos palabras, podría resolver todo en un santiamén.

¿Por qué no lo hace?

¿Por qué, en este asunto tan simple y tan caro a los afectos de sus connacionales, se vuelve hermético, esotérico, cual un personaje de El código Da Vinci?

¿Por qué, si Francisco es considerado un pontífice dicharachero, campechano, futbolero, que le devolvió claridad y popularidad al mensaje de la Iglesia ante las multitudes del mundo?

En fin, ¿por qué el Papa que irradia luz desde las redes es todo oscuridad hacia este lado?

En Twitter, la cuenta Pontifex manifestaba ayer: "No debemos esperar a ser perfectos para responder al Señor que nos llama, sino que hemos de acoger su voz con el corazón abierto".

¿A cuento de qué, entonces, el humo que nos vela, a los de aquí adentro, su figura?

Quienes peor la pasan, a la hora de justificar y confortar, son los sacerdotes argentinos. Desde los obispos a los curas de barrio, en la humildad de sus parroquias.

No tienen mucho para decir.

Para decir algo que suene creíble.