Florencia Peralta
Sábado 16 de Marzo de 2019

La increíble vida de Gassimou Barry, preso por un crimen en el que no tuvo nada que ver

El hombre oriundo de Guinea estuvo detenido un año y siete meses por haber encontrado el teléfono de Florencia Peralta, asesinada en 2016. Su viaje como inmigrante que casi lo mata, sus esfuerzos por trabajar y estudiar, y los diversos emprendimientos que llevó adelante.

Los 33 años de la vida de Gassimou Barry han sido una constante lucha por la libertad. El encierro fue, durante mucho tiempo, el hambre y la carencia. Pero, en los últimos 587 días, ese encierro fue contundente y real. Durante un año y 222 días, Gassimou, a quien sus afectos llaman Gassim, primero estuvo imputado de una doble imputación: homicidio agravado y encubrimiento agravado.

El miércoles pasado la Justicia de San Rafael reconoció su plena inocencia y aceptó que el guineano sólo tuvo la mala fortuna de encontrar tirado en una acequia el celular de la víctima, la policía Florencia Peralta, y haberlo activado después. Ahora, sin "un negro, extranjero y pobre" como sospechoso como dice el abogado Guillermo Rubio (que le prestó su casa para cumplir la prisión domiciliaria), la Justicia apunta nuevamente a la ex pareja de la mujer, Damián Ortega.

Estos casi dos años bajo proceso de Gassim, que podrían haberle costado una dura condena, son sólo el último capítulo de una historia increíble. Antes hubo otros, casi tan duros como este.

>>>La Justicia dictaminó que Gassimou Barry no tiene nada que ver con el crimen de Florencia Peralta

Y la historia puede reconstruir gracias al relato y la prodigiosa memoria de Claudia Rosa Alhassimou (47), la esposa de Gassim Aires, desde Buenos.

Gassim nació en Guinea. Su padre murió cuando él tenía 11 años y su madre lo crió junto a cinco hermanos, dos hermanas mayores y tres varones más pequeños.

El 2009 lo sorprendió al joven ganándose la vida en el puerto de Senegal, cargando arroz en los barcos que partían hacia el Atlántico.

Junto a otros jóvenes, Gassim planeaba embarcarse en alguno de esos buques cargueros, con dirección a Europa. Pasó un tiempo hasta que detectaron la oportunidad. "Gassim se zambulló al mar pese a que casi no sabía nadar, y se dirigió por debajo del agua hasta un sector cercano a la hélice, donde había un orificio de entraba al barco", cuenta Claudia.

Era un pequeño cuarto, con una puerta herméticamente cerrada desde el interior de la nave. Eran Gassim y otros tres. Él y otro, eran de Guinea, uno más de Congo y el cuarto, de Senegal.

Los polizones habían metido unas galletas en bolsas de nylon y las habían adherido a sus cuerpos. "Pensaron en tener algo para comer durante 5 días, que era el tiempo que tardaba el viaje hasta España". Pero el buque no tenía como destino un puerto de España, sino que atracó 28 días después en un muelle del puerto de San Lorenzo, 23 kilómetros al norte de la ciudad argentina de Rosario.

Cuatro hombres jóvenes hambrientos y deshidratados, que habían llegado a beber agua de mar y que habían tenido algunas peleas entre ellos generados por el encierro en un cuarto mínimo, golpearon desesperados la puerta hermética para que los liberaran cuando sintieron que el buque detenía sus motores.

La llegada de polizones no es algo tan extraño y hay un protocolo para recibirlos, que van desde una revisión médica exhaustiva, hasta la formación del expediente para darles ingreso al país y comenzar el trámite de pedido de asilo.

El Estado argentino los pone a estos jóvenes polizones bajo la tutela de alguna familia voluntaria y hace un aporte mensual por cada uno. "La mayoría de esas familias son evangélicas", dice Claudia. La familia que se hizo cargo de Gassim, al mando de una mujer, no les hacía faltar alimento, pero los exiliados comenzaron a notar que el dinero que recibía de sus pensiones no se correspondía con lo que les daba. Entonces Gassim decidió dejar la casa y pidió administrarse solo.

Los africanos llegados a la Argentina son muy solidarios entre ellos. Los que llevan más tiempo en el país, instruyen y ayudan a los recién llegados para que puedan ir abriéndose camino. Así fue con Gassim, que logró comprar algo de mercadería y comenzar a vender en la calle.

Con las primeras ganancias alquiló una casa junto a otros hermanos, como se llaman entre ellos.

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El amor

"Yo lo conocí en una feria de colectividades inmensas que se hace en Rosario", recordó Claudia, que es argentina pero que también tiene sangre africana, ya que su abuelo llegó embarcado proveniente del archipiélago de Cabo Verde. Claudia baila danzas africanas y con una de sus maestras, que es de Guinea, fue a esa feria.

Pese a que "yo no entendía el dialecto de Gassim", el noviazgo comenzó al segundo día. A partir de allí se comenzaron a ver periódicamente cuando Gassim iba a comprar mercadería a Once o a Flores, o bien cuando ella podía escaparse a Rosario.

Para ese tiempo "Gassim empezó a estudiar a una escuela técnica para trabajar en Chevrolet. Es muy inteligente y él era mecánico del automotor en su país y le iba muy bien, pero el racismo allí era tremendo y no lo soportó".

El noviazgo se afianzó y la pareja comenzó a planear la convivencia y una mejor vida. Reunieron fondos y montaron un local completo en Rosario, donde había ropa y bijouterie, pero también Gassim seguía vendiendo en la calle.

Alquilaron una casa, junto a uno de los jóvenes que había llegado con Gassim de polizón.

Todo iba bastante bien. Pero Gassim, musulmán ortodoxo aunque no practicante, tiene un profundo sentido de la solidaridad y al poco tiempo tenía viviendo en la casa a 10 compatriotas recién llegados.

"Se desvirtuó todo. Dos trabajaban y el resto no hacía nada", recuerda Claudia. A eso se le sumó el robo de dinero que tenía la pareja en su dormitorio, "que era para la cuarta reposición de mercadería del local". Era enero de 2012 y, decepcionado, Gassim decidió abandonar Rosario.

En Mendoza

Viajaron a Mendoza. El día que llegaron, a comienzos de febrero, "fuimos a la zona de los persas y conseguimos alquilar un local bonito", pero lograr alojamiento fue mucho más complejo. "Habíamos reservado lugar en un hostel estudiantil, pero nos discriminaron. Nos dijeron que no dábamos con el target del lugar". A la 1 de la madrugada, después de contactarse con Turismo de la Provincia, les recomendaron que se alojaran provisoriamente en un albergue transitorio.

"Pasamos la primera noche en Mendoza en una habitación de un lugar de esos, tirados en la cama y viendo los Simpson. Nos pudimos bañar y, la verdad, fue lo mejor que nos había pasado desde hacía tiempo".

Gracias a contactos con senegaleses y guineanos, lograron dar con una casa compartida cerca de la peatonal y, 15 días después, con una habitación ubicada arriba de un garaje, en la calle Olascoaga de la Ciudad de Mendoza.

Además de vender en el local, Claudia consiguió trabajo como dependiente en una tienda vecina. Fue buena época, tanto que la pareja se casó y los padres de la mujer vinieron al festejo.

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Trabajaban de lunes a lunes. Los días hábiles estaban en el local y los fines de semana iban a ferias callejeras.

Pero en la pieza donde vivían, un día los robaron y decidieron mudarse a una pensión de la Cuarta Sección. "La pasamos mal ahí. No era buen ambiente. El dueño del lugar regenteaba a algunas chicas".

Se mudaron entonces a un departamento, cerca de la terminal. Para ese entonces Claudia, que es docente, consiguió trabajo en un jardín de infantes privado. Gassim, entre tanto, atendía el local y por las noches salía a vender en la calle, especialmente en la Arístides.

Con recibo de sueldo y la propuesta de una amiga que se mudaba a Colombia y dejaba una casa para alquilar en Godoy Cruz, la pareja se volvió a mudar. Era una casa muy grande, cómoda y algunos artistas con los que habían trabado amistad se mudaron con ellos y compartieron gastos.

Entre el sueldo de docente de ella y las ventas de él, parecía que habían encontrado el rumbo. Pero llegó el 2016 y el comercio en general comenzó a sentir el impacto de la inflación y la recesión.

La crisis

"Los pasillos de los persas estaban vacíos. No paseaba gente. Primero cerramos un local, después el segundo y Gassim tuvo que volver a vender a la calle".

La tensión por las dificultades económicas influyó en la relación de pareja. A esto se sumó que Claudia había hecho buena amistad con compañeras docentes. "Comencé a tener salidas con ellas, a tomar algo o a algún cumpleaños. Teníamos un acuerdo como esposos: yo salía, pero volvía antes de las 2.30. A mí me gustaba salir a charlar y a tomar algo, pero ya estaba casada y jamás se me ocurrió otra cosa".

Pero una noche "regresé a las 5 de la mañana. Había tomado de más y mis amigas no me dejaron manejar de regreso, hasta que se me pasara el efecto del alcohol".

La pareja discutió y Gassim le pegó a Claudia. "El me dio el teléfono y me dijo: Tomá, llamá y denunciame. Y lo denuncié".

Era agosto de 2016. Gassim estuvo dos días detenido y la pareja se separó. Esa denuncia sería tomada en cuenta tiempo después por la fiscalía que investigó el femicidio de Florencia Peralta.

La pareja se separó, aunque no perdieron contacto. "Me enteré después que Gassim, siguiendo las costumbres de su pueblo, viajó a Buenos Aires y fue a ver a mi familia. Pidió reunir a todos, especialmente a los hombres incluidos mis tíos, y les contó lo que había ocurrido y les pidió perdón".

Estuvieron sin relacionarse amorosamente un tiempo largo, hasta que finalmente decidieron intentar retomar la relación, aunque con algunas condiciones. La principal fue que hicieran terapia de pareja y que no convivieran por el momento.

Gassim vivía en un hotel y seguía con la venta callejera, que era poca. Para aumentarla, el hombre viajaba al interior de la provincia con su mercadería, especialmente a Santa Rosa y a San Martín, donde había obtenido sendos permisos municipales.

El celular

El 13 de septiembre de 2016, el mismo día que Florencia Peralta fue estrangulada, Gassim y un compatriota recién llegado al país, viajaron a San Rafael para tratar de vender sus mercaderías. "Llegaron como a las 4 de la tarde. Iban a ir a la Municipalidad a pedir autorización, pero ya estaba cerrada y deciden vender igual y pasar la noche en un hostel".

A la mañana siguiente, cuando caminaban hacia la Municipalidad para realizar el trámite de autorización, los sorprendió un grupo de inspectores que, sin atender sus explicaciones, les secuestraron la mercadería.

"Gassim es bueno para negociar y acordó en la Municipalidad que él sacaba los pasajes de regreso a Mendoza, a cambio de que le regresaran la mercadería".

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Gassim comenzó el camino rumbo a la terminal para sacar los pasajes, mientras su compañero cuidaba la mercadería en la Comuna. Fue en esa secuencia, cuando estaba cerca de la catedral y frente a la plaza, que saltó una acequia y vio en el fondo de ella un teléfono celular. Lo agarró y lo guardó en el bolsillo. No lo sabía, pero ese era el comienzo de su peor pesadilla.

Gassim compró los pasajes, retiró la mercadería de la comuna y fue con su amigo nuevamente a la terminal, donde se subieron a un micro de la empresa Cata. Previamente había comprado un chip para colocárselo al teléfono encontrado. Ya en viaje lo prendió y se sacaron algunas selfies. Esa activación iba a quedar registrada y sería el principal y único elemento que lo mantuvo involucrado en la causa y privado de la libertad durante un año y siete meses, primero en la cárcel y luego en prisión domiciliaria.

"Cuando llegó a Mendoza, me mostró el celular y me lo quiso regalar, porque yo tenía uno chiquito que andaba mal. Pero no se lo acepté, porque nosotros todavía no habíamos sanado totalmente la relación. Entonces me dijo que lo iba a empeñar, porque quería conseguir un poco más de dinero para comprar mercadería".

Hacia fines de ese año Claudia comenzó a estudiar su regreso a Buenos Aires. Su padre había muerto y a su madre le habían detectado cáncer de mamas. Pasó las fiestas con ella y cuando regresó a Godoy Cruz, se enteró que la habían despedido del jardín de infantes.

"Los dos decidimos regresar. Ya estábamos bien y pensábamos que volveríamos a convivir, pero ahora en Buenos Aires".

Gassim se fue de Mendoza primero y Claudia lo hizo en marzo. Él siguió vendiendo en la calle y en mayo juntaron algo de dinero y volvieron a poner un local. Además Claudia consiguió trabajo de docente.

La detención

En julio 2017 Gassim había viajado a Rosario a vender. Fue en ese momento cuando una comitiva de la Policía de Mendoza llegó a allanar el comercio y la casa de la pareja. La investigación del femicidio de Florencia Peralta había logrado detectar la activación del celular de la víctima y se consideró que esa era una pista importante. "Yo no sabía qué pasaba y Gassim tampoco tenía idea. Ninguno de los dos ni siquiera recordaba el celular ni lo asociamos con el allanamiento. Gassim creyó que se trataba de un problema con unos colombianos, a los que les había pedido un préstamo".

Gassim fue detenido en Rosario pocas horas después y Claudia viajó inmediatamente a verlo. Era el 2 de agosto de 2017.

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"Cuando lo fui a ver a la comisaría, él estaba tranquilo. Le habían dicho que estaba detenido por el celular que había encontrado y él estaba seguro que lo iban a liberar enseguida". Pero no fue así. Fue trasladado a San Rafael y, casi inmediatamente, alojado en la cárcel.

Llevaba 15 días en prisión cuando, como pocas veces en su vida, Gassim tuvo un golpe de suerte: el abogado Guillermo Rubio, integrante de la Liga Argentina por los Derechos Humanos y también parte de la Comisión por la Prevención de la Tortura, se enteró del caso. También había entrado en alerta el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos.

Rubio -junto al defensor público Jorge Vitali- logró que le concedieran a Gassim la prisión domiciliaria. Para eso "le presté mi casa y yo me fui a vivir a mi estudio", contó el profesional, que se hizo cargo de cubrir todos los gastos de Gassim, ya que Claudia no podía aportar mucho y había quedado sola en Buenos Aires, tratando de sostener el negocio de la pareja.

Sin poder salir de esa casa y con una tobillera colocada, Gassim estuvo cumpliendo prisión domiciliaria hasta el 7 de diciembre de 2018, cuando Rubio logró que se le permitiera fijar su domicilio en Buenos Aires, junto a Claudia. Pudo volver a trabajar, con la obligación de pasar por la comisaría a firmar la constancia de que estaba a disposición de la Justicia.

En enero de 2019, después de muchísimo esfuerzo, la pareja se hizo una breve escapada al mar. Fue la gloria. El mar era, otra vez, la esencia de la libertad.

El miércoles, finalmente, la Justicia sobreseyó definitivamente a Gassimou Barry, quien fue representado por el defensor oficial Jorge Vitali.

Gassim finalmente recuperó su plena libertad.

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Por Enrique Pfaab

Fuente: Diario UNO de Mendoza

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