incendios de campo
Jueves 18 de Enero de 2018

Lo que el fuego se llevó, la dura vida en los campos arrasados

Tras el devastador paso de las llamas, los productores ganaderos necesitan ahora ayuda para reconstruir todo lo dañado. UNO San Rafael estuvo en la zona quemada por los incendios. Galería de fotos.

Antonio García, de 81 años, se para en la cima de un montículo de arena en pleno monte. Y hacia cualquier punto del horizonte que mire, sus ojos se chocan con la desolación que dejó el fuego. La vegetación nativa arrasada, el costoso alambrado por el suelo y las pérdidas de animales que aún no se tiene con precisión ya que hay muchas vacas perdidas.

A pocos días de que los incendios de campo más destructivos de la historia del sur mendocino luego de los del 2001, ahora arrancó la etapa siguiente. "Una etapa bastante oscura, hay mucho daño, principalmente en los alambrados, es difícil porque un alambrado cuesta una fortuna y se han quemado kilómetros de alambre. Trataremos de salir a flote", dice Antonio, flanqueado por su hija Maryzuli, que durante la amenaza de las llamas, que llegaron a 500 metros de la casa, fue un pilar a la hora de asistir a los brigadistas.

Entre los ganaderos pequeños y medianos, esos que con el campo apenas sobreviven, el reclamo, el ruego, es unánime: ahora se necesita más que nunca la asistencia del Estado. Y hay números que lo confirman: se quemaron casi 200 mil hectáreas y con ellas cientos de kilómetros de alambrados cuyo costo por kilómetro ronda los $60 mil.

Incluso bordeando la ruta provincial 203 (camino al que la palabra ruta le queda grande) el alambrado de primera calidad hecho por los ingleses en la época de los ferrocarriles está por el suelo. Lo hicieron hace más de 100 años con palos de quebracho y alambre galvanizado. El tren que custodiaban, el San Martín, se fue hace décadas y ahora con el fuego también estos centenarios cercos.

Ni hablar de los animales. Muchas vacas están aún perdidas y no se sabe si es sólo eso o es que no sobrevivieron. Sobre todo los terneros. Campo adentro se cuenta ahora incluso que se han encontrado pumas carbonizados. "Imaginate si los pumas no pudieron con el fuego, menos una vaca o ternero".

El monte, que cambió ahora del predominante marrón al negro, exhibe herido sus cadáveres, bosques de chañares carbonizados, hileras de enormes algarrobos muertos de pie y en general un sinfín de vegetación nativa arrasada. Sin contar la fauna, de mucha variedad, que seguramente también pereció en cantidad.

"Si no hay ayuda somos muchos los que no vamos a poder volver a ver el campo como estaba", cuenta Antonio García, que lleva media vida en el campo y está acostumbrado, como todo "puestero" a pelearla, como aquellos años en que la lucha fue tener la titularidad del campo.

Recién casi una semana después de que el fuego cruzó a su campo y amenazó por segunda vez en la historia su casa (en el 2001 incluso tuvieron que arrojarse a un tanque australiano para sobrevivir) juntó fuerzas para salir a intentar hacer un balance de pérdidas. Llegó a contar 300 postes de alambrados caídos y paró de contar.

Sobre el por qué pudo pasar esto, dice que "van dos o tres años de bastante lluvia, se cría mucha pastura, luego viene algo de sequía como ahora y el fuego se produce muy fácil. Por un rayo es lo más común, también un descuido de alguien o por una botella que esté entre los yuyos que aunque mucha gente no lo crea con un día de 40 grados se prende fuego".

Aunque se pregunta por qué la ayuda no comenzó antes, Antonio agradece que "acá el Estado puso todos los medios para que no pasara de acá el fuego (por el perímetro de su casa). Pasamos varias noches y días duros. Mi hija tres noches sin dormir atendiendo la gente, llevándoles agua, comida, fue una lucha. Tenemos que estar muy agradecidos a los brigadistas y al grupo de amigos que se concentró acá".

La ayuda se hace necesaria porque ya bastante difícil es estar lejos de las urbes, intentado prosperar en los campos enclavados en el medio del monte. El fuego, ese enemigo danzante, iluminó sus realidades. Ahora se fue y el monte es un desierto negro.

"Necesitamos al Estado de manera responsable y justa"

Maryzuli García respira pasión por el campo, por esa vida que le enseñaron sus padres y durante la emergencia dio todo. Estuvo al pie del cañón junto a los brigadistas y fue vital en la ayuda que les dio. Su fuerza, entusiasmo y calidez la hacen una más, una igual entre tantos hombres que por lo general pueblan el campo y se ocupan de ciertas tareas.

Su pedido es claro: "El día después es terrible, uno se queda solo con la problemática, es necesario la presencia del Estado de una manera responsable y justa, de acuerdo a lo que cada uno necesite". Una situación que compara con el entierro de un ser querido, momento en que muchos se hacen presente para la palmada pero que el día después uno se queda sólo.

"Los alambrados no se puede reconstruir sin la asistencia del Estado, 1000 metros cuestan 60 mil pesos. Luego hay una problemática relacionada a la comida de los animales que se salvaron, hay que mantenerlos y eso solo se hace con comida; un rollo de pasto cuesta 800, 900 pesos. Es imposible mantener los animales en un corral pagando ese pasto".

Otra necesidad es por el estado de los caminos. El pobre estado que ya tenían empeoró por el paso de las máquinas que fueron a combatir los focos. "No toda la gente de campo tiene posibilidades de ingresar a su vivienda con una 4x4, los caminos quedaron destruidos por el paso de máquinas".

La prueba fue que para hacer esta nota en varios tramos hubo que bajarse a correr espinas y troncos. Y no fue posible llegar hasta el fondo de los campos.

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